RENOVAR EL COMERCIO INTERNACIONAL

La ruta de la globalización

RENOVAR EL COMERCIO INTERNACIONAL

[Por Carlos A. Primo Braga y Jean-Pierre Lehmann / Traducción José Manuel Valiñas]

Es tiempo de construir un mercado global genuino, abierto, justo, inclusivo y sostenible. El sector privado es el socio indispensable para ello.

Es tiempo de construir un mercado global genuino, abierto, justo, inclusivo y sostenible. El sector privado es el socio indispensable para ello.

Vivimos tiempos emocionantes. A pesar de las crisis recientes, el progreso económico, tecnológico, social y político alcanzado desde el principio de este siglo es alucinante. Con este desarrollo, de manera instintiva, podríamos reaccionar como Letizia Bonaparte, madre de Napoleón I, quien al saber las primeras victorias de su hijo diría: “J’espère que ça dure” (¡Espero que dure!). Aplicado al comercio mundial: ¿cómo podemos hacer que un sistema que ha probado generar crecimiento realmente dure?

Gran parte de la primera mitad del siglo pasado, especialmente durante la década de los 30, la economía global y los negocios se vieron colapsados por las guerras comerciales. Quienes se encargaron de la construcción en los años de posguerra estaban comprometidos a reparar el sistema y asegurarse que fuera fuerte, justo y sustentable. El comercio fue reconocido como un sustento crítico para la paz y la prosperidad (siempre que fuera conducido de manera justa y no discriminatoria). El intento por complementar las instituciones surgidas en Bretton Woods (Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional), con la creación de la Organización Internacional del Comercio (International Trade Organization), falló debido a la negativa del Congreso de Estados Unidos de ratificar el acuerdo.

El Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio, GATT (General Agreement on Tariffs and Trade) se convirtió en una segunda solución para ese vacío institucional, reflejando las negociaciones de reducción de tarifas arancelarias que se habían realizado en 1947. El GATT entró en operación en 1948 como un tratado intergubernamental. Su espíritu y letra proveían un marco multilateral que visualizaba el florecimiento del comercio y el crecimiento económico de sus miembros para los siguientes 50 años.

La victoria de las potencias occidentales en la Guerra Fría le debe mucho a este acuerdo. El GATT resultó tan exitoso, que para ese entonces los países con mayor peso en el comercio mundial accedieron (finalmente) a establecer una organización internacional que administrara los diferentes acuerdos multilaterales. Así nació, en 1995, la Organización Mundial de Comercio, OMC (World Trade Organization).

Desde ese momento, cada nación –con muy pocas excepciones– ha tocado a su puerta para formar parte de ella. No obstante, para ser miembro un país necesita probar que cuenta con credenciales fidedignas de política económica orientada al comercio y los mercados. En efecto, es difícil entrar al club y el acceso implica que el país entrante haga reformas significativas. Aún así, al momento de escribir estas líneas existen 158 países miembros, y algunos más en negociación.

La fracasada Ronda de Doha

El momento en que China ingresó al organismo, en 2001, será recordado como uno de los hitos históricos en el desarrollo del comercio del Siglo XXI. Luego de dos centurias de guerras, confusión y revoluciones, el gigante asiático abrazó formalmente la globalización.

Hasta ahora todo va bien, pero hemos llegado al tema de J’espère que ça dure. De hecho, el mismo año en que China ingresó a la OMC fue lanzada la Ronda de Doha (la primera ronda de negociaciones multilaterales en la era de la OMC, después de ocho anteriores, conducidas con las reglas del GATT). No obstante, esta negociación, cuyo objetivo es liberalizar el comercio mundial, se encuentra irremediablemente estancada desde hace 12 años. Existen muchas razones, pero dos de ellas merecen una especial atención:

ü  Completar una ronda de negociaciones sobre comercio era ya de por sí difícil cuando la membresía se restringía a un número compacto de países con políticas similares y niveles comparables de desarrollo económico. Con la multiplicación de las naciones miembros y dada la inmensa diversidad de sus economías (desde Albania hasta Zimbabue), llegar a consensos es una tarea casi imposible.

ü  A lo largo de las décadas en que se mantuvo el GATT, el sector privado y los administradores de políticas públicas trabajaron en una relación sincrética. Mientras más negocios se internacionalizaban, la iniciativa privada se convertía en el empuje de la agenda comercial. Por supuesto que muchos negocios orientados por el proteccionismo buscaron imponer obstáculos al libre intercambio, pero prevaleció la perspectiva liberal. Las barreras se redujeron, el comercio floreció al igual que los negocios y las sociedades. Los consumidores ganaron considerables beneficios. Sin embargo, en la última década, el sector privado se ha divorciado de la alta burocracia de la OMC. Siempre operaron a velocidades distintas, pero en el presente siglo la discrepancia crece: la iniciativa privada se desarrolla a gran velocidad, reflejo del impacto de las nuevas comunicaciones y tecnologías, así como de las revolución logística y de transporte. Pero, pese a ellos, se han implementado acuerdos de liberalización de comercio entre países, mientras las negociaciones de la OMC se mueven al ritmo de un caracol envejecido.

Como consecuencia de lo anterior, el sector privado ve ahora a la OMC con impaciencia, frustración y como un organismo cada vez más irrelevante. Los líderes de negocios ponen sus apuestas en los acuerdos bilaterales y regionales. Hoy son estos los que concentran toda la acción, al tiempo que los tratados multilaterales languidecen.

Falta visión a largo plazo

Incluso cuando el GATT era un club acogedor de miembros que compartían una misma filosofía, había tensiones peligrosas –fricciones comerciales entre Estados Unidos y Japón en los años 80, etcétera–. Con la gran expansión de las membresías, y especialmente con la llegada de China, las cosas se han vuelvo infinitamente más complejas.

Es cierto que, contrario a lo que se temía en 2008-09, la crisis financiera no resultó en una renovada guerra comercial. Sin embargo, el edificio del comercio global es frágil y sus cimientos se han erosionado con la proliferación de los tratados preferenciales. No hay razón para entrar en pánico, pero es importante reconocer que la apatía y la complacencia hacia la OMC se están convirtiendo en costumbre para muchos gobiernos y corporativos. Los líderes del mundo empresarial necesitan recordar que esta es la oportunidad para lograr reglas aceptadas multilateralmente en el mercado global.

Ahora que la OMC está en medio de un cambio de liderazgo, con Pascal Lamy completando su segundo y último mandato en agosto de este año, es el momento para la iniciativa privada de revivir su interés y compromiso. Este es el tiempo de la innovación institucional, de pensar no sólo en lo inmediato, sino en el largo plazo, de construir un mercado global genuino, abierto, justo, inclusivo y sostenible. El sector privado es el socio indispensable para hacer este sueño realidad. Sólo entonces podremos ser optimistas y creer que el progreso durará, como quería la madre de Napoleón I.

Puede suceder lo que alguna vez dijera un personaje de Ernest Hemingway cuando se le preguntó cómo había caído en quiebra: “de dos maneras, gradualmente y luego de repente”. Después de todo, dadas sus contribuciones históricas a la prosperidad global, nunca deberíamos dar por sentada la sostenibilidad del régimen de comercio multilateral.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s