DOS UTOPÍAS PARA UNA NACIÓN

Palestina

DOS UTOPÍAS PARA UNA NACIÓN

[Por José Manuel Valiñas]

El pasado 29 de noviembre tuvo lugar un hecho sin precedentes en la Asamblea General de la ONU: Palestina fue admitido como un “Estado no miembro”, en lugar de una “entidad no miembro” de ese organismo. Aunque el hecho no representa ningún cambio real, ni Palestina fue admitida como país independiente, es un paso más para algún día alcanzar ese estatus (aunque eso nunca sucederá en la ONU mientras Israel y Estados Unidos bloqueen el acuerdo en el Consejo de Seguridad).

Pero eso no fue todo. Días después la Asamblea General aprobó una resolución que exhorta a Israel a abrir su programa nuclear para inspección y a la realización de una conferencia de alto nivel con vistas a proscribir las armas atómicas en Medio Oriente.

Encolerizado, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu anunció la construcción de 3 mil casas más en la zona aledaña a Jerusalén, causando la condena global. Tal vez tenga razones para entrar en cólera, por ahora, pero si algún día los israelíes quieren alcanzar la paz con los palestinos, y de paso con los iraníes, los egipcios y la totalidad de las naciones árabes y musulmanas que los rodean, amenazándolos continuamente, podrían darle una oportunidad a esa propuesta.

Independencia asegurada

A veces se piensa que los palestinos son los más desesperados por encontrar una salida pacífica al conflicto árabe-israelí: en realidad son los judíos. Una buena parte del electorado israelí está harta de no alcanzar ningún acuerdo de paz en décadas, y ciertamente no tolerará más misiles cayendo sobre su territorio (en la pasada guerra contra Gaza, en ocho días cayeron sobre Israel 1,506 cohetes). El mismo gobierno de Netanyahu podría caer si no logra detener los misiles.

Pues bien, en los momentos en que la ONU reconocía a la “entidad palestina”, un artículo de Jeffrey Goldberg publicado en Bloomberg llamó poderosamente la atención de los analistas, por contener una propuesta radical, pero que se puede calificar de “absolutamente segura” para el reconocimiento de la independencia de palestina.

La “descabellada” idea de Goldberg es que los palestinos renuncien a su idea de un estado propio y se integren a Israel, exigiendo su derecho al voto. Recordemos que el verdadero problema de la nación de la estrella de David (del que poco se habla, por cierto), es el demográfico. El estado hebreo tiene apenas 7 millones y medio de ciudadanos, entre los cuales hay cerca de un millón de procedencia árabe. Los palestinos son alrededor de 10 millones. Al controlar los territorios palestinos, Israel tiene el deber moral de hacerse cargo de esos habitantes, si es que no quiere aparecer como un sistema de apartheid que recibiría la condena de la totalidad del planeta.

Si Israel aceptara oficialmente a los habitantes palestinos dentro de sus fronteras, a petición de ellos mismos, pero les negara el derecho al voto, enfrentaría un problema de imagen que resultaría insostenible tanto para ellos como para Estados Unidos mismo. Y si los acepta con derecho a voto, Israel dejaría de ser la única nación de mayoría judía en el mundo para pasar a ser, como bien dice Goldberg, uno de los 23 países de mayoría árabe. Esto resulta, obviamente, inadmisible para el estado hebreo, así que no tendría otra solución que aceptar la independencia del Estado palestino.

¿Es posible la paz?

Si la propuesta de Goldberg es casi utópica, la nuestra lo es aún más. Pero al parecer también aseguraría la paz en Medio Oriente: que Israel acepte el llamado de Naciones Unidas a sumarse al Tratado de No Proliferación Nuclear y abrir sus instalaciones nucleares para inspección del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).

¿Impensable también? Recordemos que Israel enfrentará tarde o temprano (en tres meses o en 10 años, pero casi con seguridad) a un Irán nuclear. Así que no es algo insensato pensar en una negociación con todos sus vecinos para desnuclearizar la zona. Es una estrategia que también tiene que ver con imagen y relaciones públicas, pero en una espiral positiva.

Si Israel acepta las inspecciones de la OIEA y la eliminación de su arsenal nuclear, obligará a Irán a suspender su propio programa nuclear. Enviaría un mensaje claro de que renuncia a su política de fuerza con sus vecinos, quitándoles a éstos la razón de ser de su propio militarismo. Obvio, esto debe ser acompañado de una diplomacia eficiente y vanguardista.

Tratados similares de paz se negociarían con Siria, Líbano e Irak. Con Irán se tendrían que asegurar suministros de dosis de uranio enriquecido para fines pacíficos, quitándole ese pretexto para tener plantas nucleares. Los tratados de paz se convertirían en una obligación moral para cada uno de esos estados, que ya no tendrían justificación para seguir con su beligerancia.

Una nueva alianza con naciones como los recientemente islamizados Turquía y Egipto, terminaría por convencer también a Irán. Recordemos que Tayip Erdogan y Mohamed Morsi son islamistas pero modernos y cosmopolitas. Un evento de tal magnitud allanaría toda la solidaridad y el apoyo internacional, que previsiblemente ayudarían con recursos cuantiosos a la construcción de infraestructura en toda la zona (pusieron $50 mil millones de dólares para la reconstrucción de Afganista: ¿cuánto pueden donar para algo mucho, pero mucho más importante para la paz mundial?). Esta inversión traería un bienestar inusitado en países como la propia Palestina, Jordania, Líbano y Siria, una vez que se resuelva su guerra civil. Ese bienestar haría que millones de personas ingresaran a la clase media en los próximos años, dejando atrás la pobreza y la marginación, como ha pasado en muchas naciones en los últimos 20 años. Con crecimiento económico se piensa menos en los misiles y los ataques suicidas.

Para completar esta estrategia, que sería el movimiento diplomático más audaz de las últimas décadas, quizá sólo después de la construcción de la Unión Europea y el Plan Marshall, se deberían establecer tratados de libre comercio entre Israel y sus vecinos. Es una apuesta decidida por la paz y el progreso. Algo que no sale en las películas de misteriosos asesinatos de estado ni participa de la adrenalina de la guerra y del odio, pero que sería capaz de construir una nueva era de progreso en la zona, para el bien de todos los implicados… empezando por Israel, que obtendría una paz duradera.

¿Y qué pasaría si alguno de los vecinos incumple los acuerdos? Obligaría al estado hebreo a recurrir de nuevo a la lógica del enfrentamiento, pero ya no será él el señalado por el mundo entero (esto por sí mismo haría difícil la ruptura de los acuerdos, pues no es lo mismo presentarse como víctima que como instigador de la violencia).

Lo único que se necesita para un acuerdo de esta naturaleza es voluntad política. Hemos visto cómo políticos Israelíes de la talla de Ehud Barack, Shimon Peres o Yizhak Rabin aceptan las negociaciones de paz, e incluso cómo algunos halcones como Ariel Sharon aceptan las políticas negociadoras.

No es tan descabellado si lo vemos así, pensando en el largo plazo. Pensando fuera de la caja. Pensando más allá de la espiral de fuerza que lo único que ha traído a la región es inestabilidad, pobreza y décadas de muerte y destrucción.

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