GUERRAS EN MEDIO ORIENTE

Repercusiones económicas

GUERRAS EN MEDIO ORIENTE

[Por José Manuel Valiñas / Ilsutración Jorge del ángel]

Pareciera que el trasfondo de los conflictos en esa región siempre es el control del mercado del petróleo, pero algunas cosas están cambiando y puede ser que ese ya no sea el origen de todo lo que acontece entre los árabes y occidente.

Pareciera que el trasfondo de los conflictos en esa región siempre es el control del mercado del petróleo, pero algunas cosas están cambiando y puede ser que ese ya no sea el origen de todo lo que acontece entre los árabes y occidente.

Octubre resultó un mes especialmente sangriento para buena parte de la región y nos dejó con la idea de la inevitabilidad de la guerra. En principio, el conflicto sirio llegó finalmente a Líbano, como ya se esperaba, cuando en pleno corazón de uno de los barrios cristianos más tradicionales de Beirut estalló un coche bomba. El ataque ultimó a Wissam Al Hassan, el encargado de la inteligencia libanesa, que acababa de desarticular un complot contra su país por parte de fuerzas prosirias y quien había liderado la investigación auspiciada por la ONU del asesinato en 2005 del ex primer ministro Rafik Hariri (investigación que señaló también a Damasco como responsable).

Y es que Líbano es un país profundamente dividido entre la población sunita antisiria, y los chiitas prosirios de Hezbolá, apoyados por el régimen (también chiita) de Irán. Estos últimos han declarado la guerra a Israel, y a mediados de ese mismo mes lanzaron un avión no tripulado (de fabricación iraní) a su territorio. El ejército judío se tardó en reaccionar, y al final derribó el dron, pero el aparato ya había enviado información de espionaje hasta Líbano. El malestar se instauró en el alto mando del país de la Estrella de David, y el conflicto entre ambas partes llegó a su más alto nivel tal vez desde la guerra de 2006.

Mientras tanto, Siria sigue sumida en el caos y se enfrenta a toda la comunidad internacional, con escaramuzas en la frontera de Turquía y la enemistad de la Liga Árabe, empezando por Arabia Saudita, Catar y los acaudalados Emiratos Árabes Unidos.

En el frente iraní, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu aseguró que Teherán tendrá la bomba nuclear en el verano de 2013, y que ellos no dudarán en lanzar un ataque a las instalaciones nucleares iraníes antes de que su poder nuclear se vuelva operativo. Eso llevaría inevitablemente a involucrar a Estados Unidos.

Pero, ¿de verdad todos estos actores quieren llegar a su peor escenario: el de la guerra? Veámoslo país por país.

Cuestión de estabilidad

Al parecer, todas las potencias buscan los mismos dos objetivos en Medio Oriente: que Irán no llegue a construir la bomba nuclear y que caiga el dictador sirio, Al Assad. Pero nadie en realidad quiere verse enfrascado en una guerra para conseguirlos.

Más allá de la retórica, en Estados Unidos el pragmatismo vence, y ahora le exige al país concentrarse en el tema del déficit fiscal. Lo último que necesita es otra guerra de gastos gigantescos.

El caso de Turquía no es distinto. Ankara no quiere ver comprometida su estabilidad, que tanto le ha costado ganar, por un conflicto de gran envergadura. Hoy este país es uno de los de mayor crecimiento, con niveles de PIB de 8%, y sigue siendo candidato para integrar la Unión Europea, y no van a arriesgar sus inmensos avances por una aventura siria, por más que les convenga que caiga Bashar y se instaure un régimen amigable en su frontera.

Finalmente, veamos las posturas más recalcitrantes y belicosas: los halcones en Tel Aviv, los ayatolas en Teherán y los milicianos de Hezbolá. Ni siquiera ellos quieren ir a la guerra.

En Israel, una buena parte de la sociedad rechaza el conflicto con Irán, aceptando la idea de que un ataque a ese país sólo retrasaría la construcción de la bomba de dos a cuatro años, e incluso puede causar el efecto contrario que se busca al favorecer una guerra nuclear en un futuro, por el resentimiento generado.

En Líbano, las milicias de Hezbolá, que tienen mayor armamento que el propio ejército, en el fondo tampoco quieren un conflicto armado, pues como bien explica Jesús Núñez Villaverde para El País, “son muchos los intereses económicos de la clase política libanesa en el negocio de la reconstrucción, que tiene a Beirut como foco principal de una burbuja inmobiliaria”. A eso se debe añadir, escribe Núñez, que “ni el mismo Hezbolá desea la generalización de la violencia, cuando está en juego la consolidación de su propio poder interno”.

Por último, el mismo Irán está inmerso en una debacle económica que amenaza incluso con la caída de Mahmud Ahmadineyad, que ya no recibe tantas divisas por petróleo, gracias a las sanciones internacionales. Recientemente, la moneda se devaluó 30% en tan sólo 10 días, y la población está harta de la inflación (que oficialmente es de 2%, pero llega a mucho más). La peor pesadilla para Ahmadineyad es también que el país pierda su estabilidad política, y que se actualicen las protestas del tipo de la revolución verde, que estuvo a punto de sacarlo del poder en 2009.

Más allá del petróleo

Una vez que acabe el conflicto en Siria (Bashar Al Assad no puede sostenerse eternamente), Hezbolá en Líbano y el propio Irán tendrán mucho menos influencia en la zona, pero eso es inevitable, y los efectos ya los habrán calculado tanto ellos como sus vecinos. Incluso, el mismo Ayatola Alí Jamenei ha esbozado la idea de abrirse a las inspecciones de la Agencia de Energía Atómica, en una muestra de que en un último momento, ante la inminencia de la guerra, pueden dar marcha atrás a sus pretensiones nucleares.

Así que, dentro de todo, es muy poco probable que los conflictos escalen. Pero, además, otro factor vendrá a cambiar los escenarios, pues es posible que toda la región de Medio Oriente pierda en parte su influencia petrolera, que tanta riqueza le ha causado, pero también tantas guerras. ¿La razón? Los últimos descubrimientos de petróleo y gas natural en Estados Unidos, que prometen convertir a ese país en un exportador neto de energéticos.

Esto llevaría a transformar la dinámica de intervenciones extranjeras en el Medio Oriente para garantizar el abasto petrolero, y la influencia directa de muchos países en la dinámica global. Como explica el extraordinario analista Fareed Zakaria en un reciente artículo para la revista Time, los descubrimientos de nuevos yacimientos en Estados Unidos provocaron que en 2011 ese país se convirtiera, por primera vez desde 1949, en un exportador de productos refinados de petróleo, y que la tradicional dependencia petrolera estadounidense se pueda revertir.

“Diferentes estudios proyectan que para el final de esta década Estados Unidos sobrepasará a Rusia y a Arabia Saudita juntos, para convertirse en el mayor productor de petróleo y gas natural líquido del mundo”, escribe Zakaria.

¿Qué pasaría si un escenario así sucede en, digamos, 20 o 30 años? Países como México, Venezuela o Brasil, y otros como Rusia o Noruega, perderían peso específico y riqueza. Pero antes que en otro lado, eso sucedería en Medio Oriente, con algunas potencias relativas, como Irán, a las que les costaría mucho trabajo reponerse, dada la petrolización de sus economías.

¿Será el fin también de las guerras por los recursos de hidrocarburos y las historias de espionaje en capitales como Bagdad, El Cairo o Ammán? El tema del gas de esquisto aún tiene mucho por discutirse, pero es posible que, en efecto, se esté vislumbrando un futuro distinto en cuanto a la dependencia de ciertas potencias al petróleo y al gas de las hoy naciones exportadoras. Tal vez en un futuro no muy lejano desaparezcan las guerras con intereses petroleros inconfesables. Tal vez, y sería muy deseable, los países hoy exportadores de hidrocarburos puedan reformar sus economías para convertirlas en proveedoras de servicios más que de materias primas. La verdadera revolución habrá llegado.

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