REFORMAS LABORALES EFECTIVAS

Un reto de las economías modernas

REFORMAS LABORALES EFECTIVAS

[Por José Manuel Valiñas]

El Banco Mundial informa que se han perdido 22 millones de empleos en el mundo por la crisis y que 621 millones de jóvenes no trabajan ni estudian. Para uno de los polos del espectro ideológico estas cifras demuestran que el neoliberalismo, culpable de todo, ha hecho estragos y hay que dar marcha atrás a los ánimos reformistas. Para el otro polo demuestran precisamente lo contrario: es urgente modificar las obsoletas leyes laborales para que se creen millones de nuevas plazas. ¿Cómo saber quién tiene la razón? Dejar a un lado la ideología y concentrarse en los datos, ayuda.

Una respuesta compleja

Macario Schettino hizo recientemente, en el diario El Universal, un análisis profundo sobre la situación laboral, concentrándose en un solo hecho, que ayuda a dejar de lado las sacrosantas ideologías: la escasez.

La ecuación es simple: “si el dinero es escaso, cuánto le damos a cada quién? ¿Qué criterio nos gusta para distribuir un ingreso insuficiente? Cualquiera que elijamos implica una definición ética que no es nada fácil de discutir. Preferiríamos que hubiera mucho para todos, pero eso no existe”.

Pone también el ejemplo de la reforma laboral en México: “mientras más prestaciones tenga un puesto de trabajo, y más difícil sea remover a una persona, será más complejo que las empresas se decidan a crearlo. ¿A quién ayudamos entonces? –se pregunta–. ¿A los que ya tienen empleo, para que lo mantengan? ¿O a quienes no pueden tenerlo, porque la ley lo impide? Elija: no se pueden las dos cosas”.

En realidad, esta complicada elección se ubica en el centro de las reformas laborales que se están aprobando en todo el mundo. En España, los socialistas intentaron hacer cambios a las paternalistas leyes laborales que hacían ineficiente el aparato productivo, no pudieron. Vinieron los derechistas (el Partido Popular, con Mariano Rajoy) y la crisis, para que la gente se diera cuenta que había que probar algo nuevo.

Así, paradójicamente, fue Rajoy quien pasó una reforma laboral que flexibilizaba un poco el trabajo. España se había convertido en un paraíso del paro. Lo que se usa todavía son contratos temporales de un mes o dos, que se repiten ad infinitum, pero muy pocas contrataciones fijas. En la península sucedía un despropósito: quien tiene empleo cuenta con altísimas prestaciones y es casi imposible despedirlo (aunque haga mal su trabajo), pero estos son los únicos beneficiados: los parados, un ejército que crece.

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¿A quién protegemos y a quién no?

Francia es otro caso interesante, pues ahí hubo un intento serio en 2006, por parte del entonces primer ministro, Dominique de Villepin, por llevar a cabo una reforma ambiciosa. La idea era que se permitiera el despido libre de jóvenes durante los dos primeros años de su contrato, si se trataba de su primer empleo, como medida para que accedieran al mercado laboral de inmediato, sin esperar años en el paro. Se crearían infinidad de nuevas plazas, dijo De Villepin, en una época en la que el desempleo juvenil alcanzaba un escandaloso 23%. Pero los jóvenes desataron su furia en marchas que llegaron a convocar hasta 700 mil personas, y el mandatario retiró su propuesta.

En Francia es muy complicado para una compañía despedir a un trabajador: es caro y, si este demanda, un juez puede reinsertarlo con todas las prestaciones. En Italia es aún peor. Los jueces casi siempre fallan a favor del trabajador, sea cual fuere el caso, y la empresa debe reinstalarlo con una indemnización de 15 meses de salario.

Francia e Italia son los dos países donde más se protege al trabajador y más se desprotege a la empresa. Son los polos opuestos de Inglaterra, en donde, al estilo estadounidense, los despidos son baratos. Esto puede parecer poco cordial para los trabajadores, pero es positivo para las empresas, que son las que crean los empleos.

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Revolución laboral

Con el título Europa se la juega, una editorial del diario El País daba cuenta de la revolución en la legislación laboral que está sucediendo en todo el viejo continente: “Por la necesidad urgente de ajustar los presupuestos e impulsar el crecimiento. Todos tienen algo en común: será más fácil y más barato despedir a un trabajador”.

Esto, que suena a maldad pura, es lo que se busca en casi todas las economías, para modernizarlas y competir en el mundo globalizado. Y lo será más en el futuro. No es un tema de justicia en abstracto, sino una discusión seria, enraizada en la realidad.

“Derechos y privilegios vigentes desde hace décadas están desapareciendo –prosigue el diario hispano–. Es ahí donde surgen las incógnitas: ¿propiciarán las reformas un aumento de la competitividad europea frente a las potencias económicas emergentes, como China, India o Brasil?”. La respuesta es, seguramente, sí, pero, ¿en qué medida? Lo vamos a saber sólo en unos años. Lo que es un hecho es que sin reformas Europa estaba condenada al fracaso. Una minoría seguiría teniendo aparatosos e insostenibles privilegios, mientras una mayoría cada vez más amplia quedaba fuera del mercado laboral.

Hoy la competencia es tan fuerte que sólo van a prosperar las naciones que fortalezcan sus sistemas productivos que, una vez más, son los únicos generadores de empleos; nunca los políticos ni los líderes sindicales, quienes generalmente se enfrascan en interminables disertaciones ideológicas que obstaculizan el avance e impiden ver la realidad.

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