¿EL GRAN ERROR DE ROMNEY?

Debate ideológico en Washington

¿EL GRAN ERROR DE ROMNEY?

[Por José Manuel Valiñas]

Por todos es sabido que el partido de la derecha en Estados Unidos en realidad está secuestrado por la ultraderecha. Pero tomar decisiones sólo para dar gusto a los más radicales, no puede ser una buena inversión política. Esto es justo lo que ha hecho Mitt Romney, el candidato del partido Republicano a la presidencia. Lo hizo John McCain en 2008 al llamar a la candidatura por la vicepresidencia a la muy extremista Sarah Palin. Ahora Romney llama a Paul Ryan, como si le faltara convencer a uno más de los idólatras del armamentismo o a uno más de los fanáticos de los recortes a las políticas sociales. No es descabellado preguntarse cuántos millones de sufragios habrán perdido los republicanos entre los indecisos a cambio de un candidato que no aporta un voto más entre los adeptos duros del partido.

Engaños

Eso sí, los miembros del Partido del Té lo idolatran. Ryan, actual presidente del Comité de Presupuestos de la Cámara de Representantes, está obsesionado con descalificar cualquier iniciativa fiscal proveniente de la Casa Blanca. A la menor provocación exige que se bajen los impuestos a los grandes corporativos, criticando engañosamente todo lo que él apoyó en años anteriores.

En Washington no pasa un día sin que Ryan exclame que se debe bajar el déficit, como si fueran los demócratas los que llevaron a la Unión Americana a la situación en la que se encuentra. Esto, sin profundizar demasiado en que no es su intención recortar los gastos militares, sino los sociales.

Aunque es previsible que se modere un poco, su violencia verbal había llegado ya a límites. En su discurso de aceptación a la candidatura, por ejemplo, criticó por enésima ocasión el programa de estímulo a la economía (que creó 3.3 millones de empleos), olvidando que él mismo en su momento pidió a los congresistas que lo apoyaran.

Instalado en el más desvergonzado populismo de derecha, promete 12 millones de empleos con tan sólo bajar los impuestos a los ricos. En su caos de ideas, al aceptar su candidatura atacó los puntos de vista que sostienen sus compañeros de partido. Denostó a Obama por cerrar una planta automotriz de General Motors en Wisconsin, pese a que fueron los republicanos quienes se opusieron al rescate de las armadoras y, peor aún, la planta fue cerrada cuando todavía estaba George W. Bush en funciones.

“Todo mundo miente en política, pero Paul Ryan lleva la palabra mentir a un nuevo nivel”, escribió Alex Seitz-Wald para la revista Salon. En un texto en el que enumera las falacias del candidato, puntualiza que su falsa preocupación por los pobres (“todos tenemos responsabilidades con ellos, y el fuerte debe apoyar al débil”) olvida convenientemente decir que, dos tercios de los recortes que propone provienen de los programas sociales que benefician a los desfavorecidos, como los cupones de comida. “Mientras tanto, llama a los recortes de impuestos a los ricos”.

Sobre la deuda, Ryan expone una casi convincente dicotomía entre poner “fuertes límites al crecimiento económico o fuertes límites al tamaño del gobierno”. Exultante, afirmó: “Nosotros escogemos limitar al gobierno”. Seitz-Wald le recuerda que es una falsa elección, porque “no hay evidencia que sugiera que bajar el tamaño de la administración haga crecer la economía y más bien puede debilitarla al poner fin a los contratos públicos que crean empleos”. Asimismo, el autor evoca que gran parte de la deuda es herencia de las políticas de Bush, las mismas que Ryan votó en su momento, como los recortes a los impuestos y las guerras, cuyos costos se calculan en $1.3 billones de dólares.

Integrismo fiscal

En un artículo titulado La voz del integrismo fiscal, David Alandete definió para el diario El País el perfil de Paul Ryan: un fanático de los recortes fiscales a ultranza, pero que “votó a favor de todos esos estímulos que ahora critica, como el rescate de $474 mil millones de dólares a la banca, el de $15 mil millones a las compañías automotoras y el plan de estímulo de $152 mil millones”.

Así, Ryan es el paradigma del político acomodaticio y camaleónico, que basa su popularidad en ofrecer siempre las posturas más extremas. Alandete refiere cómo en 2007 ofreció una propuesta de presupuesto que fue considerada tan radical (abogaba, por ejemplo, por privatizar la seguridad social), que sólo votaron a favor 40 de los 202 legisladores de su propio partido.

Tal vez alguien así avergüence a la gente más intelectualmente honesta de sus propias filas, y si esto sucede, ¿qué se puede esperar con las decenas de millones de votantes que se encuentran en el centro del espectro político, con las minorías y con los indecisos, que no quieren escuchar nada que suene a radicalismo?

Incluso los derechistas, siempre y cuando estén realmente informados, se dan cuenta del yerro garrafal de poner a Ryan en la candidatura. “La fantasía de Ryan es la que se repite hoy en todo Estados Unidos: es la fantasía de que el otro partido no existirá en el futuro”, escribe el columnista conservador David Brooks en el International Herald Tribune. Al comentar el peor error de Ryan (haber votado en contra de la ley Simpson-Bowles, que bajaría el déficit en el mediano plazo, pero que significaba ceder), Brooks apunta que no ha habido ni un solo discurso político este año que se base en el mundo real. ¿Cuál es este mundo real? El de la política, de las negociaciones, de los acuerdos. “El mundo real es un país extraordinariamente polarizado, y que el próximo presidente deberá tratar de pasar las leyes en ese contexto”. Por cierto, en su discurso Ryan recriminó a los demócratas por no hacer nada con la citada ley, infiriendo que sí la apoyó, cuando su voto estuvo en contra…

Sin apoyo de las minorías

Por los días en que Romney se convertía en candidato oficial a la presidencia y Ryan a la vicepresidencia, la popularidad del presidente Obama (quien lleva al moderado Joe Biden por la vicepresidencia) empezaba a subir. Un ejemplo: entre los latinos, que bien pueden decidir la elección, se posicionaba en términos de 63% a su favor, contra sólo 28% para Romney. Este último incluso tuvo que deslindarse de las agresivas propuestas anti-inmigrantes expresadas por sus correligionarios en la convención republicana (aunque Ryan ni siquiera parece enterarse de lo mucho que debilita sus posibilidades esas posturas extremas). Ni se diga entre los votantes afroamericanos, quienes entregarán su voto al presidente demócrata.

Todo parece indicar que tener a Ryan a su lado le ha significado a Romney más un lastre que una ventaja. Pero incluso si llega a ganar la elección (si, por ejemplo, Obama comete un error fatal, o si en una inesperada pero muy convenenciera ráfaga de racionalidad modifica sus posturas, para correrlas al centro), puede ser la última vez que lo hagan los republicanos impulsados por una ideología extremista.

De nada servirá que el partido haya hecho un cambio generacional con los llamados Young Guns (los jóvenes pistoleros) o los políticos jóvenes de ideas más cercanas al Tea Party, quienes recuperaron el Congreso en 2006, sí, pero enfrentan a su peor enemigo en casa: el radicalismo.

Viendo hacia futuro, a unos 20 años tal vez, pero de manera irremediable, estas son las últimas respiraciones de un ala ultraderechista que tiene sus días contados, pues la política estadounidense, simplemente por una cuestión demográfica y étnica, no le pertenecerá ya a quienes excluyen a las minorías.

Sabías que…

Los young guns, o los jóvenes pistoleros, son un grupo de diputados republicanos que quieren imponer en el Congreso una agenda ultraconservadora.

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