ISRAEL EN SU BATALLA MÁS GRANDE

*Artículo publicado en la versión impresa de la revista de septiembre de 2012.

Inestabilidad política y social

ISRAEL EN SU BATALLA MÁS GRANDE

[Por José Manuel Valiñas]

Uno de los países que está más interesado en conocer el desenlace de las revoluciones en las naciones árabes y musulmanas es Israel. En casi todas sus colindancias tiene motivos de inquietud, sobre todo con Irán y Siria, y lo mismo ocurre con sus alianzas estratégicas (algunas de ellas tambaleándose, como la de Egipto). Por si fuera poco, se observa un descontento por las prebendas que ostentan las minorías religiosas: protestas callejeras antes inconcebibles y una desigualdad económica que viene a infundir todavía mayor presión social.

Es difícil pensar en una sociedad más compleja que la israelí. Por una parte tiene altísimos niveles educativos, un Producto Interno Bruto per cápita de $21 mil dólares y un estilo de vida occidentalizado; mientras que por la otra es seno de comunidades religiosas ultra-derechistas y ultra-ortodoxas que parecen querer regresar 2 mil años atrás y que su país se convierta en una teocracia (forma de gobierno donde los líderes religiosos también son los líderes políticos).

Pero las contradicciones son parte fundamental de este Estado que, salvo periodos breves, desde hace muchos años es gobernado por las corrientes derechistas más recalcitrantes, sobre todo desde que Ariel Sharon llegara al poder. Ahora, con el primer ministro Benjamín Netanyahu, el conservador partido Likud se enfrenta a fuerzas todavía más reacias a ceder un milímetro a los palestinos o a los múltiples apoyos que ofrece el gobierno a los religiosos.

Pocos recuerdan que, en el momento de su fundación, Israel fue apoyado por una inmensa cantidad de idealistas en el mundo, la mayoría, socialistas laicos e incluso comunistas, quienes buscaban una nación llevada por los ideales de la igualdad (de ahí el surgimiento de las granjas comunitarias kibutz, que tuvieron gran auge en décadas pasadas).

El Partido Laborista, de centroizquierda, ha perdido gran parte de su poder y tanto en el Knesset (el parlamento) como en el gobierno, imperan los conservadores. La divergencia de opiniones se conoce como las “palomas”, quienes son más proclives a un arreglo pacífico con los palestinos; y los “halcones”, los que no cejan en sus posturas belicistas y están a favor de los asentamientos judíos en territorios de Cisjordania.

Pero las paradojas se dan en política: ¿Será que es precisamente un gobierno derechista, de halcones, el único que puede lograr la paz y aceptar que Palestina se convierta en un estado? Recordemos que fue el propio Sharon (a quien sus críticos lo conocían como “el carnicero” por su presunta responsabilidad en la masacre de Sabra y Shatila, en Líbano, 1982), quien empezó a dar pasos firmes hacia la paz, antes de que le sobreviniera la muerte.

Sí a la economía, pero más a la política

La economía israelí pudo salir sin mayores problemas de la gran recesión de 2008-09, pero hoy se enfrenta a una situación distante del ideal igualitario de los primeros sionistas que llegaron a asentarse en sus territorios. El movimiento Occupy Tel Aviv y los plantones frente al Knesset han puesto el dedo en la llaga de la enorme desigualdad entre los ciudadanos, no sólo en el ámbito del ingreso, sino en el de las oportunidades.

Su economía se ha especializado en la alta tecnología. Es el segundo país con más empresas listadas en el Nasdaq, después de Estados Unidos. El mismo lugar ocupa en número de patentes. El espíritu emprendedor de su sociedad es emblemático. Tiene apenas 0.2% de la población mundial, pero contribuye con más del 20% de los premios Nobel de física y 30% de los de medicina.

Pero ese ímpetu y buena salud de la economía no se traduce al ámbito político. Hace apenas unos meses, comentaristas internacionales calificaban el movimiento de Netanyahu, de aglutinar en su coalición de gobierno al partido Kadima (también de derecha, igual que el suyo, el Likud), como jugada maestra y lo nombraban “el rey de Israel”, por el enorme poder que alcanzaba con ello. Pero el gusto le duró muy poco a Bibi (como también llaman al primer ministro) porque apenas dos meses después, a inicios de mayo, el Kadima se escindió de la coalición, dejándolo más débil que nunca. ¿La razón? Que este partido no está de acuerdo con la reforma que impulsa Bibi, aprobada por la Suprema Corte, de que todos los jóvenes vayan al servicio militar, sin excepción.

Esto sumió a Israel en una nueva crisis. Y es que debemos entender que en ese país el servicio militar es algo muy distinto a lo que significa en casi cualquier otra parte del mundo: son tres años para los varones y dos para las mujeres, y con alto riesgo de perder la vida o resultar heridos. Pero además, resulta que los hijos de las comunidades religiosas están exentos de ese servicio por una cuestionable regla que la corte ha decidido revocar, pero que los políticos no se atreven a cambiar en la práctica, debido el enorme poder que tienen esas comunidades. Asimismo, la clase media israelí ha decidido protestar por los privilegios fiscales que gozan tanto las grandes empresas como, una vez más, las organizaciones religiosas.

Las protestas comenzaron el verano pasado y lograron cambios significativos, aunque siguen pendientes estos temas y los del mercado inmobiliario, que se ha convertido en una pesadilla en ciudades como Tel Aviv, con rentas impagables que no permiten a las familias acceder a viviendas.

Riesgos externos

Egipto, ya gobernado por la Hermandad Musulmana, no acaba de definir los nuevos términos de su relación bilateral; mientras los acuerdos con Turquía, después de la llegada al poder del partido islamista con el primer ministro Recep Tayyip Erdogan, se tornaron extremadamente difíciles.

En suma, los nuevos gobiernos de corte islamista van a cambiar la dinámica que Israel ya tenía bien controlada con sus vecinos. Hay que recordar que la refrescante oleada de democratización en la zona está trayendo, hasta ahora, una serie de gobiernos de corte musulmán, mucho menos proclives a convivir con el estado judío. Esto no quiere decir que se vayan a convertir en sus enemigos declarados de la noche a la mañana, sino que la situación, simplemente, tiende a la incertidumbre.

Si Israel decide atacar las bases de investigación nuclear de Irán (para ello tendrán que prevalecer los halcones sobre las palomas en el gobierno y el parlamento), es posible que se desencadene una guerra. Sabemos cómo reaccionaría Siria, apoyando a Teherán, pero las posturas de naciones como Egipto y Turquía se verían sobre la marcha.

Siria, de hecho, es un capítulo aparte. El estado judío siempre ha tenido una relación complicada con Damasco, pero a últimas fechas, muy estable. Ahora muchos se preguntan qué pasará con las violentas incursiones más allá de sus fronteras. ¿Se puede esperar que haya una guerra civil larga que desestabilice la zona y que Hezbollah provoque una guerra tripartita entre Israel, Líbano y Siria? ¿O que Bashar Al Assad caiga pronto y llegue a Siria un gobierno sunita a instaurar la sharia, la ley musulmana, en la misma frontera israelí de los Altos del Golán?

Al antes casi todopoderoso Bibi Netanyahu hoy lo acechan por la izquierda y por la derecha, en el frente externo y en el interno. ¿Cuál será el desenlace de Israel y qué repercusión tendrá todo esto para la región y para el resto del mundo? Es algo que hemos de atestiguar en los próximos meses.

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