EL VALOR DE LO ANTIGUO

Subastas curiosas

EL VALOR DE LO ANTIGUO

[Por Óscar Granados Bartolo]


Esos objetos viejos que estorban, en realidad pueden valer mucho dinero, todo está en que lo descubra un conocedor y salgan al ruedo de las subastas. Lo mismo ocurre con excéntricas piezas perdidas en nuestro pequeño universo.

En el mundo entero existen curiosidades con las que uno se muere de risa, pero con algunas de ellas podríamos convertirnos en millonarios. Nadie sabe lo que tiene hasta que lo descubre un valuador y lo lleva a una casa de subastas. “Muchas personas creen poseer basura entre los artículos que le fueron heredados –señala Javier López Morton, de la Casa de Subastas Morton–. Sin embargo, puede que entre los escombros se encuentren la primera edición de un libro, la obra de un pintor famoso, una joya, hasta un trepanador de cerebros cuyo valor puede ser único”.

Para muestra un botón, o mejor dicho un mechón: en 2010, la casa de subastas Art+Objet ofreció, quizás, una de las cosas más raras en esta vida y que despertó un interés inusual: un trozo del cabello del emperador Napoleón Bonaparte, que fue cortado cuando el líder francés agonizaba. Durante la puja, que por cierto se realizó en Nueva Zelanda, participaron personas de todo el mundo y el precio final rebasó los $13 mil dólares. El mechoncito, con apenas 2.5 centímetros de diámetro, formaba parte de una colección perteneciente a una familia neozelandesa descendiente del capitán Denzil Ibbetson, oficial británico que acompañó a Napoleón hasta su muerte.

Además de dicho resto, la colección incluía una litografía y una acuarela que representan al emperador en su lecho de muerte. Estas piezas se vendieron por más de $14 mil dólares.

Pero ahí no termina la historia, pues también se incluían 25 acuarelas de los edificios de la isla de Santa Helena en donde, se supone, Napoleón vivió los últimos años. Aunado a ello se encontraba una litografía realizada a partir de un retrato hecho al corso al día siguiente de su muerte, 5 de mayo de 1821, así como otras obras depositadas durante mucho tiempo en una maleta. De acuerdo con información de la casa de subastas, la colección llegó a Nueva Zelanda hace 146 años. Pasó de una generación a otra hasta que recientemente los actuales dueños decidieron vender las piezas, tras el fallecimiento del miembro más grande de la familia.

“Normalmente la gente busca una casa de subastas para saber el valor de las piezas, porque los herederos necesitan dinero. En otras ocasiones buscan deshacerse de los objetos por falta de espacio y es ahí cuando entramos los valuadores y encontramos cosas maravillosas”, detalla López Morton.

Negocio triple D

Este negocio está marcado con tres D (Dead, Divorce  y Division), pues siempre que una familia busca repartir sus bienes lo hace a raíz de una muerte, del fin de un matrimonio o simplemente buscan repartir los bienes conservados bajo resguardo. “Es más fácil dividir 500 mil pesos entre una familia, que partir en cuatro una mesa y darle a cada uno de los integrantes una porción del mueble”, indica Eduardo López Morton, también de subastas Morton.

A sus 24 años, Eduardo considera que los mexicanos buscan un valor a los objetos, dado el cariño que sienten hacia ellos. Sin embargo, el precio final no siempre corresponde con el valor real de la pieza. “Un día teníamos unos mapas se vendieron en más de $500 mil de pesos. Eran los primeros mapas del litoral de California, la parte sur del estado en Estados Unidos y Baja California norte en México. “Nuestro precio de salida iba de $4 mil a $5 mil pesos. En ese momento, nosotros no sabíamos lo que teníamos, pues fueron los clientes los que empezaron a subirle el precio hasta que rebasó los el medio millón de pesos”, añade.

La principal fuente de objetos de las casas de subastas son las casas particulares, principalmente las antiguas, pues entre sus rincones se esconden restos de historia, con un valor monetario increíble.

Javier López Morton comenta que las mejores casas para explorar son aquellas que se ubican en colonias antiguas de las ciudades más importantes del país. “En el Distrito Federal, las más atractivas son la de la colonia Guerrero, la Anzures, Santa María la Rivera o la Tabacalera. Las Lomas, digámoslo así: no es mi lugar preferido para buscar objetos”, arguye el valuador.

La máquina del tiempo


Entrar a una casa es como meterse a la máquina del tiempo. Ahí encontramos historias, anécdotas, un pasado perdido u olvidado. “Un día recibimos una llamada de un señor con apellido Soto, el cual quería que revisáramos su casa en la calle Soto, en la colonia Guerrero. Vaya casualidad… Nos preparamos y fuimos a visitarlo. En esa ocasión regresamos más de medio siglo, las habitaciones estaban amuebladas como en una película de Joaquín Pardavé”, agrega Javier López Morton. Los valuadores encontraron en aquella propiedad una colección de muebles, un salón de juegos con mesa de billar y de póker e instrumentos de cocina como licuadoras de la época.

“Había sillones con patas cromadas, uno pudo haber estado en una película de
Tin Tán. Las habitaciones estaban intactas, nadie había entrado por años.  En total rescatamos como 150 objetos. Quizás el precio por ellos no fue importante, ya que el más caro alcanzó los $100 mil pesos. Lo interesante fue la recuperación de los mismos. El señor buscaba vender la casa y esperaba vender dos o tres piezas”, explica Javier.

Hasta los huesos

En 2007, la casa de subastas Christie’s puso a la venta una colección de curiosidades paleontológicas en París, entre las que se incluía un esqueleto de mamut de Siberia, uno de rinoceronte lanudo y hasta un meteorito de 150 kilogramos.

De acuerdo con información de la firma internacional, el precio inicial del mamut oscilaba entre $150 mil y $180 mil euros, pero dada la demanda de ese tan particular objeto, se vendió en $260 mil euros. El esqueleto de rinoceronte lanudo, que se supone desapareció hace 10 mil años, tenía un valor estimado de entre $50 mil y $65 mil euros. “Hay un mercado enorme para piezas diversas. En el Mundo entero hay coleccionistas de todo tipo”, destaca Javier López Morton.

Sin embargo, mencionó que en México las subastas no son tan exquisitas como en el extranjero, a pesar de que dentro de los objetos que llegan a Morton se encuentran colmillos de marfil.

El Corcito


En una ocasión, una señora necesita cerca de $20 mil pesos para hacer la mudanza a su nuevo hogar, para ello trajo a valuar un cuadro en un marco pequeño, el cual resultó ser una pintura de Antonio Ruiz “El Corcito”.

“Resulta que la obra de uno de los exponentes mexicanos del costumbrismo en la pintura del siglo XX fue valuada entre $400 mil y $800 mil pesos, pero el día de la subasta, el cuadro Retrato del ensayo de un titiritero alcanzó más de $1.5 millones de pesos. El día que se subastó la pieza acudió la señora a la puja. Estaba llorando de la impresión, nunca se imaginó que aquel cuadro alcanzara dicho valor, fue una cosa increíble”, narra Javier López Morton.

En otra ocasión acudieron a la casa de esta señora en la colonia Anzures. Quería que viéramos unas pinturas, un piano de cola y varios libros de derecho del Siglo XIX, así que llevaron a su experto en bibliotecas. Encontraron un par de libros de Alexander von Humboldt, arrumbados en una pila de escritos polvorientos.

López Morton ha olvidado a qué precio se subastaron las obras, sus títulos y el destino de los mismos. Lo que no ha borrado de su mente es la expresión de aquella señora que no creía que un objeto lleno de historia se encontrara bajo su techo.

Precios contra emociones


Las emociones son el peor enemigo para estimar el valor de las cosas. Puede creerse que se posee uno de los artículos más valiosos del mundo por el simple hecho de haber sido parte de toda una generación. Pero hay que hacer a un lado todo eso al momento de valuar. Pero al mismo tiempo, la cuestión emotiva es importante, porque los objetos son permanecieron con ellos mucho tiempo, son parte de toda una familia”, aclara Eduardo López Morton.

Este joven, heredero del gusto por valuar, comenta que en el país existen diversos lugares donde se pueden encontrar objetos antiguos muy valiosos: La Lagunilla sigue siendo uno de sus preferidos.

En México, dice, existen pocos sitios donde explorar antigüedades,
por ello se afanan en buscar nuevas casas para seguir construyendo una
historia. Sus únicas herramientas son una cinta métrica, la libreta y
una cámara de fotos. “Con lo único que hay que luchar es con la polvareda que deja el paso de los años, esa es la única que no puede rescatarse”, concluye.

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