¿SIGUE SIENDO CHINA EL FUTURO?

*Artículo publicado en la edición impresa de mayo de 2012.

Sistema socio-político-económico en aprietos

¿SIGUE SIENDO CHINA EL FUTURO?

[Por José Manuel Valiñas]

Hasta hace algunos años era normal pensar que China estaba destinada a convertirse en la mayor economía del mundo. Algunos analistas llamaron al XIX como el siglo de Inglaterra, al XX el de Estados Unidos, y al XXI el del gigante asiático. Pero quizá estas predicciones tengan que volver a ser ralentizadas. En los círculos financieros se dice que es muy posible que el futuro de China sea menos prometedor.

Muchos de los factores que permitieron el asombroso crecimiento de esta nación durante tres décadas, como los salarios bajos o la fiebre inmobiliaria, están cambiando. Hoy, el mercado laboral es mucho más competitivo, lo que ha alejado a algunas plantas industriales, mientras que el de bienes raíces parece acercarse a un hoyo negro. La inflación es un problema constante y las provincias cargan con exorbitantes deudas, que  han llegado a un peligroso nivel de €1,200 millones de euros.

Demasiadas cosas están pasando en el país más poblado del mundo como para no advertirlas. Un reciente documento publicado por el Banco Mundial, titulado China 2030, invita a la nación asiática a realizar un paquete completo de reformas estructurales antes de caer en lo que llama la “trampa del ingreso medio”. Eso le ha sucedido a otros países con grandes promesas a futuro y que no pasaron de un fuerte impulso inicial. ¿Le ocurrirá a China? No lo sabemos aún, pero en la nación comunista-capitalista están preocupados.

Descontento social

En 2011, el PIB de China creció 9.2%, pero las previsiones para este año son mucho más moderadas: 7.2%. Por un lado las autoridades celebran la expansión más “equilibrada” y “sostenible”, pues ahora una de las metas es enfriar la economía para bajar la inflación, pero también es cierto que menor crecimiento significará menos empleos en un país que ya de por sí se enfrenta a un enorme descontento social, alimentado por la corrupción, la desigualdad y la disminución de las oportunidades de trabajo.

Si hay un gobierno obsesionado con detener cualquier protesta social desde su raíz, es este. El Partido Comunista (PCCH) vive con la constante amenaza de rebeliones que pueden crecer y convertirse en otra revuelta de Tiananmen, pero esta vez en la era de internet y con la experiencia del terremoto político de la primavera árabe. Precisamente la censura a la red de redes es un indicativo del miedo con que viven los dirigentes, ante lo que podría esparcirse como hierba quemada en una población en la que cada vez más gente sale de la pobreza; sí, pero por lo mismo exigen mayores niveles de participación en el asfixiante sistema autoritario. Ya hubo al menos un caso de un consejo local en que un par de ciudadanos le ganaron al todopoderoso PCCH. Considérese también este impresionante dato: las protestas en China se han multiplicado por 10 en los últimos años.

Pese a que decenas de millones de chinos han salido de la pobreza extrema, la inmensa mayoría siguen viviendo con muy escasos recursos, mientras que el capitalismo de estado produjo otro fenómeno que atenta contra la estabilidad social: la desigualdad creciente. En la pasada Asamblea Popular, y ante la vacuidad de los discursos políticos, los medios se dedicaron a comentar la “semana de la moda china”, pues los representantes del pueblo, antaño vestidos con las grises y uniformes camisas Mao, ahora lucían elegantes trajes Emilio Pucci de $2 mil dólares y las mujeres bolsas Louis Vuitton de $2,500. Según reportes de la agencia Bloomberg, la riqueza conjunta de los 70 delegados más acaudalados de esa asamblea ronda los $90 mil millones de dólares, algo que puede resultar ofensivo para las masas que siguen trabajando jornadas de 12 horas por un plato de arroz, y en un sistema supuestamente igualitario.

Purgas a la vieja usanza

Pero hay otro problema latente aún más peligroso: el del populismo. El primer ministro Wen Jiabao, en un discurso en marzo, que seguramente pasará a la historia, evocó la “tragedia” de la Revolución Cultural como un drama que podría repetirse si no se hacen las reformas económicas, pero también las políticas. En el ocaso de su mandato –en octubre se renovará el 70% de los puestos de poder en el PCCH y los nueve miembros del omnipresente Politburó, el verdadero órgano rector del país– Jiabao abrió la discusión sobre la necesaria democratización dentro del partido, para después iniciar con la democratización hacia fuera.

El primer ministro pugnó por “desactivar de forma eficaz los diferentes tipos de conflictos y promover la armonía social y la estabilidad. Sin el éxito de la reforma política, no es posible llevar a cabo reformas económicas –expuso el líder, ya sin tapujos y sabiendo que está en la última fase de su carrera–. Los logros que hemos alcanzado podrían perderse y podría volver a ocurrir una tragedia histórica como la Revolución Cultural”.

No hay lugar en el mundo donde sea más aterrador el fantasma del populismo que en China. Ahí no se trata de un líder que promete soluciones fáciles y otorga dádivas a los pobres a costa del equilibrio financiero futuro del país (lo que resulta mucho peor a la postre), en China, la Revolución Cultural (1966-1976) llevó a una orgía de sangre en la que millones de personas fueron brutalmente asesinadas y el odio de clase fue llevado a niveles inconfesables de sadismo institucionalizado.

Precisamente por ello Jiabao, y el también presidente del gobierno saliente, Hu Jintao, purgaron en marzo al mayor populista del país, Bo Xilai, el jefe del partido en Chongqing, y quien evocaba a Mao en sus encendidos discursos y hacía que la gente cantara los himnos de aquellos delirantes años. Xilai tenía un asiento asegurado en el Politburó a partir de octubre, pero la purga puso fin a sus pretensiones (salió de la esfera pública con la disciplina que caracteriza a los miembros del partido) y quizá, por ahora, a la de los populistas, que es una de las tres fuerzas que mueven la política china, y es la más inmovilista y que intenta volver al pasado. Las otras dos son la de los “principitos” (los nietos de los fundadores de la República Popular) y la de los tecnócratas.

Esta última es la prevaleciente por ahora, pues el crecimiento económico y el desarrollo social que el sistema capitalista trajo al país comunista es innegable. Sin embargo, la continuidad de las reformas no está asegurada. Los inmovilistas y comunistas abstrusos podrían retomar el poder en un tiempo no muy lejano, sobre todo valiéndose del descontento social que un bajo crecimiento traería. ¿Qué China observaremos en los años venideros? ¿Seguirá siendo este país el futuro, como tanto se ha dicho?

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