REFORMAS NECESARIAS ANTE INCERTIDUMBRE

* Texto publicado en la versión impresa en febrero de 2012.

Invertir en tiempos de elecciones

REFORMAS NECESARIAS ANTE INCERTIDUMBRE

[Por Macario Schettino]

Repasemos un poco de historia. Durante mucho tiempo estuvimos acostumbrados a que cada vez que se acercaba el fin del sexenio empezaba el sufrimiento. Aunque en el cambio de gobierno de 1970 no hubo problemas económicos significativos, la situación política sí era complicada y hubo muchos rumores acerca de la sustitución del candidato presidencial, Luis Echeverría, los cuales tenían fundamento. Cuando éste salió de la presidencia, empezó la tradición: el último año del sexenio era de crisis. Y así fue en 1976 y 1982, cuando, por cierto, sucedió la peor crisis que hemos vivido.

Durante la administración de Miguel De la Madrid, hubo varios años complicados, pero justo en el año de la elección se aplicó del Pacto de Solidaridad Económica, y aunque no hubo una gran devaluación como en los dos fines de sexenio anteriores, el esfuerzo por reducir la inflación sí tuvo efectos económicos, sobre todo, en algunos sectores, como la madera, los muebles, los juguetes y la industria textil.

El más espectacular, en la historia reciente, fue el fin del sexenio de Carlos Salinas. En parte porque muchos mexicanos creíamos que ya estábamos en el “Primer Mundo”, pero también porque la crisis económica se acompañó de una crisis política y de seguridad. Pero, afortunadamente, fue el último final de sexenio en que la economía tuvo problemas.

Los dos siguientes fines de sexenio resultaron, de hecho, los mejores años en cuestión económica en cada una de las administraciones. En el año 2000 crecimos prácticamente 7%. En 2006 no llegamos a tanto, pero no estuvo nada mal. Aunque todos recordarán ese final de sexenio por el conflicto postelectoral y no por el desempeño económico.

¿Cómo vamos?

Llegamos ahora al final del sexenio de Felipe Calderón y, como en los dos anteriores, no parece existir ninguna razón para preocuparse (al menos no al interior de nuestra economía). Pero a diferencia del pasado, ahora lo que tenemos es un problema mayúsculo en el resto del mundo. Prácticamente durante toda la administración de Calderón ha ocurrido bajo presiones del exterior. En los primeros dos años, o poco menos, el alza en el precio de los commodities se convirtió en un tema interno, afectando fundamentalmente el precio de la tortilla (y por eso es bueno que los candidatos conozcan el dato), pero también a otros precios, especialmente el del arroz y el aceite, que subieron de manera extraordinaria.

La presión de los precios internacionales terminó al iniciar la gran crisis. Aunque bien podía decirse que el inicio de los problemas económicos se dio justo en el mes en que Calderón fue electo, julio de 2006, cuando las casas en Estados Unidos alcanzaron su máximo precio. Sin embargo, el 15 de septiembre de 2008 está marcado como la fecha de inicio de los problemas, porque fue cuando ocurrió la quiebra de Lehman Brothers. Los nueve meses siguientes fueron de hundimiento, y ya no de crisis. El crecimiento en México se redujo en 10 puntos: pasamos de 3% a prácticamente -7% (caída que le costó al partido en el poder, las elecciones intermedias).

Desde entonces, el mundo no se acomoda. Para enfrentar la caída, muchos gobiernos optaron por estímulos que sólo significan gastos mayores e impuestos menores, es decir: déficit, o sea deuda. Pero ya estaban endeudados, más allá de lo razonable, de forma que para 2010 empezaron los problemas de financiamiento. Nadie quería ya prestar a gobiernos que tenían deudas superiores al 100% del PIB de su país. Para 2011, toda Europa estaba involucrada en la crisis de deuda y China amenazaba con sumarse, por su propia burbuja inmobiliaria, también originada en ese intento de reducir el impacto de la crisis de 2008-09.

Así que el fin del gobierno de Calderón no vendrá con una crisis económica interna, como las que vivimos entre 1970 y 1994, pero tampoco será el mejor año del sexenio. Este 2012 es, como los cuatro anteriores, de incertidumbre mundial.

“Solo sé que no sé nada”

El problema de la incertidumbre es que, a diferencia del riesgo, no la podemos medir. Como bien sabemos, toda clave de inversión es la estimación del riesgo y el rendimiento de un proyecto. Con base en estos parámetros uno ya puede decidir si le entra o no. Cuando se tiene una estimación de rendimiento, pero no se sabe cuál es el tamaño del riesgo, simplemente no se tiene información suficiente para invertir.

Según Frank Knight, célebre economista de hace ya casi un siglo, la incertidumbre ocurre cuando ni siquiera podemos construir una distribución de probabilidad de lo que va a pasar. Y así andamos en este año, aunque no en todos los casos.

Sabemos, por ejemplo, que México tiene condiciones financieras excepcionales, ya sea comparándonos con nuestra propia historia o con prácticamente cualquier país grande o mediano del mundo en estos días. Esa garantía nos permite pensar que cualquier inversión física en nuestro país tiene un riesgo bajo. Esto lo sabemos porque por ahora no tenemos una necesidad particular de recursos a nivel macroeconómico, así que si hay una contracción general de crédito en el mundo, sufriremos como todos, pero un poco menos. No podemos, sin embargo, estimar qué ocurrirá durante 2012 con ese tipo de inversión, porque no sabemos de qué tamaño será la demanda externa para lo que producimos aquí. Pero sí sabemos que, cuando pase la tormenta, en un par de años más, lo que hayamos invertido en producir desde México ahí seguirá.

Así que, viendo al resto del mundo, la conclusión que podemos establecer es que vale la pena invertir en México, especialmente en inversión para la producción. No necesariamente cosecharemos este año, pero es una inversión que tiene bajo riesgo comparado con el resto del mundo, es decir, es tiempo solamente de sembrar. Sin embargo, es necesario saber si el rendimiento valdrá la pena.

Para eso tenemos que tratar de imaginar cómo será el próximo sexenio, porque será bajo el nuevo gobierno que nuestra inversión estará en condiciones de darnos resultados. Las opciones que hay son sólo tres, con dos posibilidades cada una. Puede llegar a la presidencia Enrique Peña Nieto, candidato del PRI-PVEM-PANAL, puede hacerlo Andrés Manuel López Obrador, de la alianza PRD-PT-MC, o puede ganar el PAN, que al momento de escribir estas líneas no ha decidido su candidato, pero Josefina Vázquez Mota aparece con cierta ventaja en las encuestas. En cada caso, puede ocurrir que el presidente llegue con mayoría de su partido en ambas cámaras o podemos tener, como desde 1997, un gobierno dividido.

Escenarios posibles

Todavía no han sido claros los candidatos, ni los partidos, acerca de qué ofrecen, aunque la historia de cada uno nos puede ayudar a imaginar en qué dirección piensan moverse, si ganan. Como es sabido, para que México pueda competir con más éxito en la esfera internacional, se requieren cambios profundos que no hemos podido hacer desde 1997, porque no hemos tenido un gobierno con mayoría. Los gobiernos divididos impiden la toma de decisiones y seguimos viviendo hoy con las que se tomaron durante la década de los 90: el Tratado de Libre Comercio (TLC) o la apertura comercial, la desregulación e, incluso, instituciones como el Instituto Federal Electoral (IFE), la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), o la autonomía de la Suprema Corte de Justica y del Banco de México.

Entonces, si ningún partido gana la mayoría absoluta en ambas cámaras, parecería que estamos condenados a otros seis años de indefinición y, por lo mismo, a continuar en el rezago. Sin embargo, esto no necesariamente tiene que ser así, porque ya muchos políticos han entendido el costo de no acordar e, incluso, ha habido propuestas concretas para establecer gobiernos de coalición.

Las reformas que se requieren son más o menos claras: flexibilizar el mercado laboral, invertir seriamente en energía, recaudar suficientes impuestos y promover con fuerza la competencia. Esta última, la reforma de competencia económica, ya se hizo hace casi un año y ahora sólo estamos esperando a que los jueces aprendan del tema, que antes no tocaban. Las otras tres (laboral, energética y fiscal) están pendientes.

Con este contexto entonces, veamos a cada candidato:

  • Andrés Manuel López Obrador ha dicho que no a las dos primeras reformas y no ha sido claro con respecto a la última. También ha dicho que no, si la reforma fiscal consiste en generalizar el Impuesto al Valor Agregado (IVA). Entonces, si gana, no se ven posibilidades a corto plazo para que México sea más competitivo. Alguna otra virtud debe tener el candidato, pero no ésta.
  • Si el ganador es Enrique Peña Nieto, no sabemos bien qué va a hacer. No lo sabemos porque durante estos últimos tres años, el PRI tuvo mayoría en la Cámara de Diputados y pudo hacer la reforma laboral. No quiso hacerlo, por instrucciones del propio candidato. Si gana, ¿ahora sí hará la reforma? Y si es así, ¿por qué antes se negó? En el caso de la reforma energética, ya ha dicho Peña Nieto que Pemex debe modernizarse y que sería bueno que hubiera inversión privada. Pero cuando se discutió este tema, en 2008, el PRI se opuso a esto. En el caso de la reforma fiscal, este partido también se ha negado consistentemente a generalizar el IVA. Con Peña Nieto, el problema que tenemos es que su partido no ha querido hacer las reformas previamente. Puede ser, como dicen muchos, que sea un asunto político: no querían que el PAN cosechara las reformas y se están esperando a ganar para hacerlas. Pero también puede ser que no las hagan nunca, porque los principales perjudicados con esas reformas son destacados miembros del PRI: el sindicalismo en pleno.

El Partido Acción Nacional ha intentado hacer las tres reformas antes, pero nunca ha tenido mayoría. En contra del PAN, se ha insistido mucho en que rechazó la reforma eléctrica en 1998, pero ya nadie se acuerda del intercambio que en ese entonces se negoció con Zedillo: el partido aprobaría la creación del Instituto para la Protección al Ahorro Bancario (IPAB) a cambio de que se estableciera la transferencia a los gobiernos estatales por ley. Una cosa por otra, pero la reforma eléctrica no iba en el paquete.

Entonces, lo que podemos augurar es que si gana el PAN, insistirá en las reformas; si lo hace el PRD, las rechazará; y no sabemos qué hará el PRI.

Ahora hay que ver cómo se configura el Congreso. No parece existir posibilidad alguna de que el PRD obtenga mayoría en ambas Cámaras. Y a pesar de que en 2006 Andrés Manuel López Obrador estuvo a muy poco de ganar la presidencia, su partido no logró siquiera ser la segunda fuerza en el Senado. En cuanto al PAN, la posibilidad de alcanzar mayoría en ambas cámaras tampoco parece realista. En las elecciones de 2000 y 2006 ganaron la presidencia, y en ambas lograron una muy buena presencia en el Congreso, pero que no supera claramente el 40%. El PRI, en cambio, es el único partido que ha logrado tener la mayoría en al menos una cámara desde 1997. De hecho, para obtener la mayoría en la Cámara de Diputados requiere obtener un poco más del 42% de los votos, junto con al menos 165 diputados de mayoría, mientras que para obtener la mayoría en el Senado le alcanza con el mismo porcentaje de votación y ganar los puestos en 20 entidades.

Pero, insisto, el problema con el PRI es que no sabemos bien qué hará con esa mayoría. En los últimos tres años, a pesar de contar con la “palabra cantante” en la Cámara de Diputados, el PRI no tomó ninguna decisión. Más interesante aún, si hacemos un poco de memoria, recodaremos que todos los conflictos políticos intensos de estos últimos tres años ocurrieron al interior del PRI: sus propios diputados contra sus senadores. Si tienen mayoría en ambas cámaras, ¿cuál de esos ‘dos PRI’ llevaría la delantera?, ¿o acabaremos teniendo dos fracciones internas y, por lo tanto, otra vez un gobierno dividido?

No son sólo tres

Hay otro escenario: frente a esta indecisión del PRI y a las dificultades de su candidato en el arranque de la campaña (debido a sus poco atinadas declaraciones), existe la posibilidad de que gane el PAN la presidencia. Esto no tendría nada de especial, puesto que han ganado las dos elecciones anteriores. Incluso, en 2006, el triunfo de este partido empezó a parecer posible a tan sólo dos meses de la elección. Lo interesante es qué va a pasar con el PRI si Peña Nieto no gana.

Cuando el partido revolucionario perdió la elección de 2000, muchos lo consideraron como algo sorprendente, increíble y, por lo mismo, temporal. Puesto que el PRI seguía obteniendo más votos que el PAN en casi todas las elecciones, era sólo cuestión de esperar a 2006 para recuperar la presidencia. Pero en la elección presidencial pasada el PRI terminó en un lejano tercer lugar, lo que significó una catástrofe que puso al partido al borde de la desaparición. Los priistas lograron salir adelante, volvieron a ganar elecciones locales (cada vez con márgenes más estrechos), e incluso posicionaron a un candidato muy adelante en las preferencias: Enrique Peña Nieto. ¿Qué pasa si éste no gana? ¿El PRI podría volver a esperar?

Esto nos lleva al último escenario. Supongamos que el PAN gana la presidencia, seguido muy de cerca por el PRI. El candidato del tercer lugar, como ocurrió en 2006, apenas llega a 25% de los votos. Ese sería López Obrador, en este escenario, y eso implicaría que el PRD habría perdido también el DF. En este panorama, el Partido de la Revolución democrática sufriría una crisis terminal, porque ya no tendría ninguna entidad federativa que gobernar (Guerrero realmente está en manos de un priista). El Revolucionario Institucional también tendría una crisis muy profunda, puesto que su gran candidato habría sido insuficiente para recuperar el poder.

Es en este escenario que las cosas se ven muy interesantes. Si el candidato Peña Nieto (sostenido por lo más viejo del PRI) no logra ganar, entonces la otra parte del PRI resulta fortalecida. Justamente esa otra parte es la que ha promovido las reformas de las que hablamos y también la idea del gobierno de coalición.

La probabilidad de cada escenario la conoceremos con el tiempo y en unos pocos meses sabremos en qué dirección se moverá México. Lo sí sabemos desde hoy es que este país tiene grandes oportunidades, porque frente a los países ricos que hoy empobrecen, nosotros tenemos fortalezas. Y porque frente a los afamados BRIC, que hoy también sufren, nosotros tenemos un abanico de reformas que nos pueden impulsar.

Al menos eso es lo que deberíamos exigir como inversionistas y ciudadanos. Ya tenemos la información suficiente para votar (y para invertir) ahora falta que ejerzamos nuestra responsabilidad para tener el nuevo gobierno que necesitamos.

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