NO DUDES, MEJOR SIGUE UNA ESTRATEGIA

De riesgos a riesgos

NO DUDES, MEJOR SIGUE UNA ESTRATEGIA

[Por Joan Lanzagorta / Ilustraciones Guillermo Prestegui]

Todos los instrumentos sin excepción tiene un riesgo implícito. Invertir no es apostar, ni consiste en atinar. Invertir es una práctica seria y profesional que más que perseguir un rendimiento, debe controlar el riesgo.

El riesgo es un concepto que siempre está presente en cualquier aspecto de nuestra vida. Es tan común y tan cotidiano, que deberíamos estar acostumbrados a vivir con él y a controlarlo de la mejor manera posible. Pero no es así. De manera paradójica, los seres humanos tratamos de huir del riesgo. Le damos la espalda y le tenemos tanto miedo que incluso asumimos que no está ahí. Cerramos los ojos ante él y esto, desde cualquier punto de vista, es lo peor que podemos hacer.

¿Quién no ha escuchado historias terribles acerca de la Bolsa, de gente que perdió todo su dinero en ella? Lo curioso es que todas esas historias tienen un común denominador: las personas no supieron controlar su riesgo o, lo que es peor, ni siquiera lo consideraron.

En ocasiones se piensa que es cuestión de suerte: “por eso a unas personas les va muy bien y a otras muy mal”. Pero invertir no es un juego de azar, no se trata de apostar a la ruleta o comprar billetes de lotería. Se trata de seguir un plan.

Hay una gran diferencia entre poner un negocio “a ver si me va bien” –sin conocer la estructura de costos ni el mercado objetivo– y ponerlo después de haber hecho un plan de negocios en donde evaluamos nuestro mercado, los precios a los que podemos vender ese producto, las alternativas de financiamiento y su canal de distribución.

Claro que hay riesgo de cualquier manera. Pero la incertidumbre es mucho menor en el segundo caso: el riesgo fue evaluado y considerado de antemano, por lo que es mucho más controlado.

Clave de éxito

Para muchos especialistas, la clave del éxito en las inversiones está en saber controlar el riesgo que asumimos. No es casualidad el hecho de que todas, absolutamente todas las metodologías y estrategias de inversión tengan mecanismos para controlarlo.

De hecho, toda la teoría moderna de portafolios se puede resumir en una frase: se trata de obtener el mejor rendimiento posible, dado el nivel de riesgo que quiero o puedo asumir. Carlos Ponce, colaborador también de esta revista, lo resume en sus libros todavía mejor: “primero el riesgo, luego el rendimiento”. En su experiencia muchos inversionistas ponen el riesgo en un segundo plano: se enfocan en buscar el mayor rendimiento posible y esto necesariamente los hace correr peligros mayores. Esto es lo que provoca todas esas historias terribles que escuchamos acerca de la Bolsa.

Lo primero que tenemos que hacer es determinar cuál es el riesgo máximo que estamos dispuestos a aceptar; sólo entonces podemos diseñar el portafolio que nos pueda dar el mayor rendimiento esperado, sin exceder ese nivel de riesgo que hemos decidido asumir. Esa es la clave del éxito en las inversiones.

¿Cómo saber que tan arriesgado eres?

Lo primero es entender qué significa “riesgo en las inversiones”, y qué mejor que hacerlo con un ejemplo: supongamos que tenemos $100 mil pesos y únicamente dos alternativas de inversión:

  • Alternativa 1. Prestarle ese dinero a un vecino, quien es un alto ejecutivo en una empresa trasnacional y tuvo una emergencia, pero nos promete devolvernos nuestro dinero en tres meses, cuando reciba su fondo de ahorro. Además, a cambio del préstamo, nos pagará intereses de 5% anual.
  • Alternativa 2. Invertir el dinero con el tendero de la esquina, quien recibió una oportunidad de distribuir en exclusiva un producto innovador, pero para poder aprovecharla, necesita ese dinero. Nos garantiza que nos pagará nuestro dinero en tres meses con activos de su tienda. Pero nos dice que si todo sale como él piensa, nos pagará intereses por el préstamo a una tasa del 10% anual (hay 50% de probabilidad de que suceda). De lo contrario, si las cosas no le resultan como espera, no nos pagará ningún interés sobre nuestro préstamo (hay también 50% de probabilidad que esto ocurra).

En cualquiera de las dos alternativas, el rendimiento esperado de nuestra inversión, matemáticamente hablando es el mismo: 5% (anualizado) –según se puede ver en el cuadro 1–, pero el riesgo es muy distinto. En el primer caso hay una certeza muy grande de que recibiremos el rendimiento esperado. En el segundo caso no tenemos esa seguridad: así como podemos obtener un rendimiento mayor (10%), podemos no recibir ningún interés.

Cuadro 1. Cálculo del rendimiento esperado

Cada escenario posible tiene un rendimiento asociado y tiene una cierta probabilidad de que ocurra. De manera general, el rendimiento esperado es la suma del rendimiento que nos puede dar cada escenario, por su probabilidad de ocurrencia. Lo podemos comprender mejor haciendo el cálculo para los ejemplos descritos:

Alternativa 1. Como únicamente existe un escenario posible, su probabilidad de ocurrencia es 100%. Entonces, el rendimiento esperado anualizado es 5%.

Alternativa 2. Hay 50% de posibilidades de obtener una tasa anual de 10% (50 x 10% = 5%) y 50% de posibilidades de no ganar nada (50 x 0% = 0%). La suma de ambos nos da 5%.

Es decir, la incertidumbre es mucho mayor en el segundo caso y es precisamente lo que conocemos como riesgo en una inversión. Es la variabilidad que podría tener el rendimiento esperado, también conocida como “volatilidad”.

¿En cuál de las dos alternativas deberíamos invertir? En este caso, dado que el rendimiento esperado es el mismo, la respuesta es sencilla: la Alternativa 1. ¿Para qué correríamos el riesgo de la Alternativa 2, cuando el rendimiento esperado es el mismo?

Ahora bien, ¿qué pasaría si el tendero nos duplica la oferta? Es decir, que si las cosas le salen bien, nos paga intereses a una tasa del 15%. En este caso la solución no es tan obvia, ya que en este caso, el rendimiento esperado de esta alternativa sería de 7.5% (50% de posibilidades de ganar intereses al 15%, pero 50% de ganar cero).

Hay personas que de cualquier manera preferirían invertir en la Alternativa 1: el rendimiento esperado es menor, pero es mucho más seguro y estable. No obstante, hay personas que son más aventuradas y que escogerían la Alternativa 2 –pueden ganar más pero están conscientes de que podrían no ganar nada–. Es decir, aquí no hay una respuesta obvia o trivial. Ambas pueden ser correctas. La diferencia está en la tolerancia al riesgo de cada quién.

Invertir no es un juego de azar: no se trata de apostar a la ruleta o comprar billetes de lotería. Se trata de seguir un plan.

No siempre a mayor riesgo, mayor rendimiento

Este es un cliché. Claro que si corremos un mayor riesgo, debemos esperar obtener un mayor rendimiento; de lo contrario, no tiene sentido correrlo. Pero esto no significa que todos los instrumentos que tienen más riesgo, también prometan un mayor rendimiento. En el ejemplo anterior lo vimos claramente: la Alternativa 2 era más riesgosa, aunque el rendimiento esperado era exactamente igual.

Entonces, no nos vayamos con la finta: la realidad es que encontraremos de todo y para todos. Por eso es importante saber elegir y, sobre todo, saber preguntar a nuestro asesor de inversiones. ¿Ya conoces el rendimiento esperado de tu portafolio y su riesgo asociado? Desafortunadamente, pocas personas pueden contestar afirmativamente a esta pregunta.

Una de las maneras más sencillas de saber si estamos siendo bien asesorados es precisamente hacer estos cuestionamientos. También, cada vez que el asesor de nuestra casa de Bolsa nos recomiende comprar o vender tal acción, debemos entender cómo esa decisión puede influir en ambas variables. Es su obligación ofrecernos respuestas: si nuestro asesor no las tiene es señal inequívoca de que nuestro dinero no está en buenas manos.

En la vida real

El ejemplo que dimos es demasiado sencillo, pero funciona para ilustrar los conceptos de rendimiento esperado y riesgo. En la vida real no sólo hay dos opciones para elegir, por el contrario: hoy en día es relativamente fácil tener acceso a una enorme variedad de instrumentos de inversión a escala global. Tan sólo en Estados Unidos existen varios miles de empresas cuyas acciones cotizan en Bolsa, pero además hay bonos, sociedades de inversión, ETFs, productos derivados, hedge funds, divisas, etcétera. Y cada instrumento tiene un riesgo distinto (incluso, dos acciones o dos bonos pueden tener un riesgo muy diferente el uno del otro). Entonces, ¿por dónde empezar?

Conceptos básicos

Todas las empresas financieras tienen un área de análisis y han desarrollado modelos para calcular tanto el rendimiento esperado de cada instrumento, como su volatilidad (o riesgo asociado). Todo esto se basa en métodos estadísticos y en el cálculo de probabilidades. Pero calma, nosotros no tenemos que hacerlo: ese es trabajo de ellos.

Cuando hablamos de rendimiento esperado y riesgo asociado a un instrumento no es tan difícil comprenderlos. Las casas de Bolsa muchas veces publican el precio objetivo de una acción a fin de año (a partir del cual se puede calcular el rendimiento esperado, si lo comparamos con el precio de cierre de hoy) y también dan a conocer otros indicadores estadísticos, como su volatilidad histórica.

Pero nosotros no invertiremos únicamente en un sólo instrumento: lo haremos seguramente en varios, es decir, conformaremos un portafolio de inversión y aquí es donde se complica un poco más el asunto.

Resulta que dos instrumentos de inversión pueden tener una correlación. Sabemos que por lo general cuando las tasas de interés reales suben, las acciones tienden a bajar. Decir esto es muy simplista, pero nos sirve para ilustrar que hay un vínculo muy estrecho –lo que sucede con los bonos, afecta a las acciones y viceversa–.

Entonces, todo esto se debe tomar en cuenta a la hora de construir un portafolio. No se trata sólo de diversificar, sino de hacerlo de manera inteligente. El secreto, como ya dijimos, es encontrar el portafolio más eficiente.

Nuevamente, nosotros no tenemos que hacerlo. Las casas de Bolsa y áreas patrimoniales de los bancos tienen equipos especializados dedicados a esto. Ellos están para asesorarnos, de hecho ahí es donde está su verdadero valor agregado, porque una buena consultoría es lo que puede motivarnos a invertir con ellos.

Nuestra obligación como inversionistas –se trata de nuestro dinero y de nuestro patrimonio– es preguntar, pedir respuestas, hablar con los analistas, entender por qué calcularon un determinado precio objetivo para una acción, saber qué metodologías manejan para la construcción de sus portafolios y para controlar el riesgo de las sociedades de inversión o portafolios institucionales que ofrecen.

Mide tu tolerancia

Muchos hemos visto los cuestionarios de “perfilación” que nos hacen los asesores en el momento en que vamos a abrir una cuenta. Algunos son bastante completos y bastante bien hechos, otros son demasiado intuitivos y no nos dicen nada.

La verdad es que estos cuestionarios son un arma de doble filo, porque aunque pueden darnos una idea del riesgo que podemos asumir, no necesariamente arrojan el que podemos tolerar. Para esto nos tendrían que hacer un test psicológico mucho más completo.

Por otro lado, este cuestionario por lo general lo aplican una sola vez, cuando nuestra necesidad y nuestra situación pueden cambiar dramáticamente. A lo mejor cuando lo contestamos no teníamos hijos y no habíamos adquirido un crédito hipotecario. Las situaciones cambian y la tolerancia al riesgo también. Por eso es importante que nuestro asesor conozca nuestra situación personal y familiar –esto nunca debe faltar en nuestras conversaciones con él.

También es fundamental tomar en cuenta que a pesar de que nuestras necesidades no cambien, nuestra tolerancia al riesgo puede modificarse conforme crece o disminuye nuestro patrimonio.

Para dar un ejemplo, supongamos que hoy tenemos $10 mil pesos y decidimos invertir en un fondo indizado al IPC. Se presenta una crisis financiera global y el índice baja 30%. En nuestro estado de cuenta veremos que nuestros $10 mil ahora se han convertido en $7 mil. Nosotros sabíamos que podía pasar y estamos tranquilos: sabemos que en el largo plazo las acciones no sólo se recuperarán, sino que además habremos ganado más que si hubiéramos invertido esos $10 mil pesos en otras alternativas más conservadoras. Es decir, actuamos de acuerdo con nuestra tolerancia al riesgo.

Pero ahora imaginemos que no son $10 mil pesos sino $10 millones, es decir, estaríamos hablando de una minusvalía de $3 millones. Esas ya son palabras mayores. Se necesita un estómago mucho más grande para tolerar esta minusvalía, cuando estamos hablando de tanto dinero.

Entonces, una persona puede tolerar ver una minusvalía de 30% en un portafolio pequeño, porque en términos absolutos representa poco dinero (en nuestro ejemplo eran tan sólo $3 mil pesos). Pero esa misma persona puede no tolerarla cuando hablamos de millones, es decir, de un patrimonio mucho más consolidado y forjado con los años.

Desafortunadamente, esto es muy común. Muchas personas que en teoría sí podían tolerar ese riesgo –según el cuestionario– se apanican cuando ven su estado de cuenta y dan la orden de vender. Lo peor es que suelen hacerlo en el peor momento: cuando debería ser tiempo de comprar, porque las acciones están mucho más baratas que antes. Es una decisión que a todas luces es irracional, pero es el miedo actuando.

Por eso, lo más importante es conocer cuál es nuestra tolerancia al riesgo en cada momento. Deberíamos evaluarla cada vez que nuestra situación cambia o al menos una vez al año. Entendamos que los cuestionarios sólo son una herramienta, no una regla escrita en piedra. Entender nuestra aversión al riesgo no acaba porque contestamos un cuestionario. El portafolio recomendado que de él resulte no es ley y puede no ser el mejor para nosotros. Por eso es necesario entenderlo.

Si resulta que somos inversionistas moderados y se nos sugiere un portafolio 60% en acciones y 40% en deuda, tenemos que comprender cuál es el rendimiento tanto histórico como esperado de ese portafolio (considerando su benchmark que podría ser 60% IPC y 40% cetes a 28 días). También cuál es su volatilidad, es decir, qué es lo peor que podría suceder.

No pensemos en términos porcentuales, sino en términos absolutos, qué representa esa volatilidad inherente en ese portafolio. ¿Cómo se podría ver nuestro estado de cuenta si pasara lo peor? ¿Realmente podríamos tolerarlo?

El verdadero riesgo

Una vez que hemos determinado el riesgo que podemos tolerar, tenemos que recordar que este ejercicio fue hecho con un benchmark. Siguiendo el mismo ejemplo: un portafolio “tipo” invertido 60% IPC y 40% en cetes a 28 días.

Pero ese era –como dijimos– un portafolio “tipo”. A la hora de invertir, es muy probable que nuestro asesor nos recomiende sociedades de inversión o una canasta de acciones que no necesariamente repliquen al IPC. Lo mismo en la parte de deuda: podríamos conformar un portafolio con diferentes tipos de papeles –incluso papel privado– a diferentes plazos.

Esto es importante porque el riesgo puede ser muy distinto. Podríamos perfectamente invertir ese 60% en acciones en una canasta de empresas medianas y pequeñas, que no participan en el IPC y cuyo comportamiento puede ser mucho muy diferente al del índice. O podríamos tener simplemente una mayor ponderación en empresas que tienen una situación financiera menos sólida o con una deuda grande en dólares, por ejemplo, que podrían resultar más afectadas en caso de crisis.

Una vez que se nos proponga el portafolio específico en el que habremos de invertir, tenemos que preguntar cuál es su verdadero riesgo y rendimiento esperado. Pedir un cálculo específico y cuidar que siga estando dentro de lo que podemos tolerar.

Nuestra obligación como inversionistas es preguntar y pedir respuestas para controlar el riesgo de los instrumentos que nos ofrecen.

Riesgo sistemático y no sistemático

Lo que acabamos de comentar nos sirve perfectamente para ilustrar lo que es el riesgo sistemático y no sistemático o específico. Es claro que cuando hay una crisis fuerte, esto afecta al mercado en su conjunto y no sólo a unas cuantas empresas. Todas las acciones bajan: incluso las más sólidas y las que más se podrían beneficiar de esa crisis. Este es el riesgo sistemático y no se puede evitar: es un riesgo inherente al mercado en el que estamos participando y por lo tanto se debe asumir.

Pero también muchas veces observamos que incluso en épocas de bonanza, en las cuales todas las acciones están subiendo como la espuma, podemos encontrar algunas empresas que tienen problemas financieros específicos, y que van perdiendo valor en el mercado. Este es un riesgo que no está afectando al mercado en su conjunto, sino específicamente a estas empresas: ese riesgo se conoce como no sistemático.

¿Por qué la distinción? Porque el riesgo no sistemático es el que se puede reducir –casi eliminar– con una adecuada diversificación. Aquí entra nuevamente el concepto de diversificación inteligente.

Los instrumentos de deuda tienen por lo general dos riesgos asociados:

  1. Riesgo del emisor (no sistemático): es la posibilidad de que el emisor de ese instrumento incumpla con sus pagos.
  2. Riesgo de mercado (sistemático): es la sensibilidad que ese instrumento puede tener a cambios en la tasa de interés del mercado. Este riesgo es sistemático porque todos los instrumentos de deuda emitidos al mismo plazo, lo comparten sin importar quién emitió el papel.

Cuando invertimos en un instrumento denominado en moneda extranjera, desde luego existe el riesgo del tipo de cambio, el cual es también es un riesgo sistemático.

Las acciones por lo general tienen asociado también un riesgo del emisor, aunque en este caso depende de las siguientes variables, entre muchas otras más:

  1. El potencial de crecimiento de esa empresa bajo el entorno económico actual.
  2. Su nivel de endeudamiento tanto en moneda local como extranjera.
  3. La calidad de su administración para sortear tiempos difíciles.
  4. La bursatilidad de la emisora.

Además, claramente y como ya vimos, tienen un riesgo de mercado, que es la que afecta a todas por igual.

Es nuestra responsabilidad asegurarnos de que el riesgo no sistemático de nuestro portafolio está debidamente controlado a través de una adecuada diversificación. Insisto, preguntemos a nuestro asesor y conozcamos a los analistas. Si la institución financiera no nos da respuestas, hay otras que sí nos darán esa tranquilidad de saber que el riesgo de nuestro portafolio está debidamente controlado.

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2 pensamientos en “NO DUDES, MEJOR SIGUE UNA ESTRATEGIA

  1. Mis felicitaciones al autor, excelente reportaje y recomendaría también el libro “El riesgo es no inverir en la Bolsa” de Carlos Ponce.

    • Hola Ernesto:
      Muchas gracias por la felicitación, se las haremos llegar a Joan Lanzagorta y también muchas gracias por la sugerencia, en efecto, es un excelente libro.
      ¡Saludos!
      Equipo Inversionista

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