¿RESCATAR O NO RESCATAR?

Dilema financiero y moral

¿RESCATAR O NO RESCATAR?

[Por José Manuel Valiñas]

Los datos provenientes de la eurozona finalmente dieron un alivio a toda la comunidad internacional a fines de octubre, cuando la canciller alemana Angela Merkel logró no sólo el apoyo de los 17 países de la unión para el programa de rescate a Grecia y otras economías en problemas, sino que la iniciativa privada (los bancos) asumiera gran parte de la deuda tóxica.

Fue un gran momento para Alemania y para Merkel, y un respiro para el mundo, que antes de eso se paseaba peligrosamente por la cuerda floja. Pero aún seguían los festejos de la aprobación del nuevo plan de rescate, cuando llegaron las noticias de un lance populista de proporciones míticas, que volvía a incendiar a Europa y a derrumbar todas las Bolsas. El primer ministro griego, Yorgos Papandreu, inflamado de un asambleísmo pseudo-democrático, se puso digno y dijo que antes de recibir el programa de apoyo (que entre otras cosas le perdonaba €100 mil millones de euros a su desvencijada e inservible economía, que apenas hace unas semanas no tenía ni para pagar un día más de gastos)… lo tendrían que aprobar los griegos en referéndum.

Los presidentes y primeros ministros del G-20, reunidos en Niza, no daban crédito a lo que veían y llamaban a Papandreu a retractarse de su ocurrencia, que entre otras cosas traería más meses de incertidumbre a la economía global. En medio de todo esto, volvían las voces de los especialistas a preguntarse si los rescates financieros se justifican, o si es mejor dejar que quiebren quienes lo tienen bien merecido. Lo que es más: ¿vale la pena rescatar a quienes ni siquiera quieren ser rescatados?

Asumir responsabilidad

El presidente Felipe Calderón fue uno de los que abonó a la discusión, en el marco de la XXI Cumbre Iberoamericana, cuando afirmó que los bancos deben asumir las pérdidas de la crisis de la deuda que vive Europa, en lugar de que se trasladen a la comunidad internacional, abonando a la idea de que se deben evitar los rescates (al menos los que implican que se socialicen las deudas y se privaticen las ganancias). “Los costos de la irresponsabilidad” de los gobernantes adictos a la deuda, y de quien “le presta a esos irresponsables”, no deben recaer en los ciudadanos, dijo Calderón. Y remató apuntando que si un país tiene una deuda que equivale al 160% de su PIB, y un banco le sigue prestando dinero, “bien sabe que está corriendo un riesgo”.

Lo que decía Calderón en Paraguay estaba, pues, a tono con lo que acontecía en esos mismos momentos en Europa, y que sentó un precedente sobre el futuro de los rescates, pues implicó que los bancos asumieran parte del costo de sus errores y su avaricia.

Este añejo tema nos recuerda la nunca superada discusión sobre si el gobierno mexicano debió rescatar o no a la banca en la crisis de 95, tomando en cuenta el altísimo costo que tuvo que pagar la sociedad, pero también que gracias a ello la debacle económica no llegó a niveles de hecatombe.

El otro ejemplo es la crisis mundial de 2008-9. La necesidad de rescatar corporativos como AIG o GM, provocó que algunos economistas pusieran el grito en el cielo, y que algunos representantes del mismo partido ultraderechista de George W. Bush le gritaran que estaba convirtiendo a su gobierno en un ¡sistema socialista! Pero en esos momentos era imposible dejar que se derrumbara todo el sistema financiero, porque la recesión se podría haber convertido en una depresión que podría durar muchos años más. Pero, así como se rescataron grandes empresas, se dejó a una, emblemática, morir: Lehman Brothers.

El riesgo moral

Cuando el 15 de septiembre de 2008 se comunicó la quiebra de Lehman Brothers, muchos pensaron que salvarla habría detenido el derrumbe de los mercados. Argumentan que su rescate habría costado sólo $50 mil millones de dólares, contra lo que el gobierno acabaría inyectando a los mercados, un monto de casi $700 mil millones para evitar la quiebra ya no de un banco, sino de toda la economía. Este argumento pasa por decir que un rescate a tiempo, puede generar confianza y detener una debacle, lo que no deja de ser un sofisma, al menos a largo plazo, puesto que los fundamentales caóticos que llevan a las crisis no se pueden eliminar de un plumazo (en este sentido, no son pocos los que piensan que la serie interminable de rescates a Grecia no es más que un paliativo de lo que inevitablemente vendrá: la quiebra de ese país y tal vez de otros).

Otra línea argumentativa es la que afirma que lo mejor que se pudo hacer con Lehman es justamente dejarla quebrar, para que de una vez por todas reventara lo que por sus causas internas tenía que reventar. No hay atajos, dicen los que esto sostienen, para quienes fueron irresponsables. Y además, esa rendición de cuentas no sirve sólo por una acción punitiva meramente, sino disuasiva: para que en el futuro no se vuelvan a dar casos similares.

En efecto, en tiempos del debate sobre Lehman los mismos funcionarios de Washington hablaban del riesgo moral (moral hazard) de rescatar a una institución que se había encargado (junto con el resto de Wall Street y con el apoyo de los reguladores, hay que decirlo) de permitir prácticas de inversión y niveles de apalancamiento muy cuestionables, además de cobijar papeles tóxicos, como los relacionados con las hipotecas subprime.

Entonces, ¿dejar que Lehman quebrara fue positivo o negativo? La polémica continúa. Y lo que mejor ilustra la confusión entre los mismos especialistas es la serie de opiniones divergentes que tiene alguien como Paul Krugman, el Premio Nobel 2008 que suele manifestarse en contra de toda intervención del estado en la economía.

“Mejor que se hunda”

En un texto reciente Krugman escribió que lo mejor que le puede pasar a Europa es “hundirse cuanto antes”, en una postura que podría parecer contraria a la necesidad de los rescates, que parecen eternos. Pero el mismo Krugman había escrito en su blog que “hay muy buenas razones para intervenir en apoyo a los bancos, pues dejar que una crisis financiera se expanda es muy peligroso”.

Añadía que, “incluso si nos persuadimos de que el riesgo moral creado con los rescates sobrepasa los beneficios de evitar una crisis en cascada, el hecho es que los políticos van a seguir interviniendo (rescatando)”. Recuerda cómo Hank Paulson, secretario del Tesoro cuando la crisis de 2008, “quiso convertir a Lehman en un ejemplo público… sólo para encontrarse dos días después contemplando el abismo”. Los rescates, dijo Krugman, casi en contra de lo que regularmente piensa, “son imperfectos, pero han resultado en el pasado, y es, hoy por hoy, lo único con lo que contamos”.

Todo lo cual nos podría llevar a concluir que los rescates no tienen una solvencia moral, pero sí una necesidad pragmática. Y acto seguido nos preguntaremos: ¿no será mejor volver al laissez-faire y que quiebren los menos aptos, para que sobrevivan los mejor adaptados? A pesar de la repugnancia que nos causa el hecho de que todos debamos de pagar por los desplantes de los políticos y los malos empresarios, la quiebra de una economía y una crisis financiera es un mal mucho mayor que reunir dinero público y rescatar instituciones en problemas. Pero eso deberá cambiar en un futuro, la regulación tenderá a ser más estricta y se tendrán que tomar medidas para una efectiva rendición de cuentas. Sí, por ahora tratemos de rescatar lo que quede rescatable, pero sentemos las bases para que no nos vuelvan a tomar el pelo los codiciosos asesores de inversión o los políticos que prometen indoloros paraísos.

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