EL IMPUESTO SOLIDARIO Y LA NUEVA LUCHA DE CLASES

Economía con conciencia social

EL IMPUESTO SOLIDARIO Y LA NUEVA LUCHA DE CLASES

[Por José Manuel Valiñas]

El argumento ha prendido como hierba ardiente gracias al contexto en el que vivimos: los más acaudalados deben pagar mayores tasas impositivas, para ayudar a reducir el déficit y apoyar a los menos favorecidos. Se trata de una versión renovada de la lucha de clases, impulsada por personajes tan disímbolos como el presidente Barack Obama, el hiper-millonario Warren Buffett y los indignados que ocupan la Plaza Libertad (Liberty Square), muy cerca de Wall Street.

En países como Italia, Francia y España ya se habla de ese “impuesto solidario”, y en algunos casos ya se ha instaurado. Los políticos saben que a los ciudadanos de a pie les enfurecen las desigualdades, sobre todo cuando el desempleo se sitúa en niveles históricos. Una respuesta a los indignados que tomaron por asalto las plazas de Barcelona y de otras ciudades europeas es este impuesto “Robin Hood”, como también es llamado. La pregunta es si realmente servirá a nivel económico o si sólo es para calmar conciencias.

La furia republicana

La doctrina de tasar más a los que más tienen ha sido una constante en el partido demócrata (lo más parecido a un partido de izquierda en la unión americana), mismo al que pertenece Barack Obama. Es parte de su ideario: la distribución del ingreso de la población debe partir de que, los que más tienen, proporcionen algo de su fortuna para el bienestar de la sociedad entera.

El Tea Party, que es el ala ultrarradical del ya de por sí ultraderechista partido republicano, se opone a esto argumentando que mientras más se grava a la gente y a las empresas, más se impide el florecimiento de los negocios, que son finalmente los que generan desarrollo (y tienen algo de razón, porque sabemos que no son los gobiernos los que generan crecimiento económico, como argumentan los populistas, sino las empresas; pero sus furibundas reacciones obedecen en muchos casos a una simple y vulgar defensa de sus privilegios de clase).

En contra de ellos se vienen a situar, a últimas fechas, los indignados estadounidenses, quienes han sido criticados por tener “una y mil causas” sin que se distinga alguna en particular (con lo que se diluye la efectividad de su movimiento). Estos no dejan de ser un importante grupo de presión en los momentos en los que el mundo está observando cosas que antes no se podían pensar, como el que los países desarrollados estén en quiebra y los emergentes sostengan el crecimiento global. Una de esas situaciones inéditas es ese plantón frente al símbolo más claro del capitalismo, Wall Street, en un movimiento que parecería más hecho para sociedades como la egipcia o la tunecina (incluso la española) que para la norteamericana.

OWS

Bajo las siglas OWS (Occupy Wall Street), una muchedumbre variopinta se reúne en ese centro financiero, pernoctando en el parque aledaño y organizándose para difundir su movimiento, que ya tiene ramificaciones en Chicago, Washington y Los Angeles. “La ocupación tiene la posibilidad de forzar a quienes tienen poder para ofrecer concesiones al pueblo –se lee en un fragmento del órgano de los inconformes, The Occupy Wall Street Journal–. Si nos unimos podemos transformar los corruptos procesos políticos y hacer realidad una sociedad basada en las necesidades humanas, no en las ganancias de los hedge funds”.

Se trata de una muestra más de la postura anti-sistema atestiguada en muchas partes del mundo, pero rara vez en EU (un referente lejano es la batalla de Seattle, de 1999, contra las políticas de la Organización Mundial de Comercio). Se trata, también, de una visión utópica de la sociedad – y un tanto romántica–, pero que tiene el poder de convocar a las masas ante una causa. Lo que parece irrefutable es la necesidad, como reza el Journal, de discutir “qué es lo que se debe hacer con el sistema que ha permitido que 400 estadounidenses en la punta de la pirámide acumulen más riqueza que los 180 millones de ciudadanos que se encuentran en la base de la misma”.

Ciertamente, el momento es complicado: hoy EU ha llegado a un desempleo que casi roza el 9% y el número de pobres jamás había sido tan grande (46 millones de personas). Es el “caldo de cultivo” –como les gusta decir a los sociólogos– de convulsiones sociales y posibles cambios estructurales.

Conciencia social

Las grandes cadenas televisivas, que inicialmente no querían dar demasiada cobertura a estas protestas, ahora no han podido sino narrar lo que está sucediendo con esos alternativos, con sus pancartas caseras y sus ciertamente empáticos slogans. En realidad, lo que están haciendo puede ser relevante incluso a nivel histórico, sobre todo si logran cambiar suficientes conciencias como para establecer un nuevo pacto social, más humano. Si lo logran, o si apenas es un grano de arena en el acontecer histórico, lo veremos con el tiempo. Lo cierto es que algunos multimillonarios, los que están en esa cúspide de la pirámide, se identifican con algunas de sus demandas y abogan ellos mismos por que se les cobre más impuestos a los ricos.

Ya el hiper-millonario George Soros se había pronunciado por una mayor regulación en Wall Street y un impuesto especial a los acaudalados, pero fue Warren Buffett el que puso el tema en la agenda global, quien demostró un importante nivel de conciencia social al publicar su ya famoso artículo en el New York Times sobre dicho gravamen. Buffett le pidió a los legisladores que aumentaran los impuestos a los millonarios, diciendo que la tasa impositiva que pagó el año pasado fue más baja que la que pagó su secretaria. El siempre claridoso y políticamente incorrecto financiero le dijo a los congresistas que dejaran de “mimar” a los ricos con sus exenciones fiscales, y desmintió la idea de que ese impuesto desincentivara las inversiones.

Obama tomó inmediatamente estas palabras hablando de la “norma Buffett”, es decir, que una secretaria no debería pagar mayor tasa que alguien que tiene miles de millones. “Es cuestión de matemáticas”, sostuvo. No obstante, un estudio de un think tank llamado Centro de Política Impositiva, con sede en Washington, expuso datos de cómo no es completamente cierto que los pobres paguen más que los ricos en EU. Según ese estudio, las familias cuyos ingresos excedan este año el millón de dólares pagarán un promedio de 29.1% de gravamen, mientras que las que obtengan entre $50 mil y $75 mil dólares tributarán 15%.

Como sea, pagar 29% para alguien que tenga tal cantidad de dinero resulta irrisorio si se atiende a parámetros europeos (en algunos países se paga hasta 60% de impuestos). Pero en EU el pagar o no pagar impuestos siempre ha sido un tema cargado de ideología, como tantos otros que ensucian la agenda de un país que está urgido de resoluciones y de un verdadero liderazgo, más allá de sectarismos.

En ese sentido, la renovada lucha de clases (si es que lo que está pasando es tal) bien podría aportar ese empuje a la discusión y generar alguna apertura en una clase política que carece de toda legitimidad (81% de los estadounidenses desaprueba al gobierno en funciones, lo mismo que a la oposición). Una revisión al tema de los impuestos, con el objetivo de disminuir el ingente déficit que tiene la Unión Americana, resulta no sólo urgente en lo político, sino moralmente apremiante. Aunque a falta de conciencia social los políticos lo hagan por conveniencia electoral, al menos las cosas se empezarían a mover en el sentido correcto.

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