LO QUE EL FUTURO NOS DEPARA

LO QUE EL FUTURO NOS DEPARA

[Por José Manuel Valiñas]

Escribo esta columna unos días después de cumplirse 10 años de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Quienes vivimos ese suceso jamás olvidaremos lo que hacíamos justo a esa hora, cómo nos enteramos de la noticia, cómo nos plantamos ante una pantalla, estupefactos, ante algo que no alcanzábamos a entender.

Infinidad de eventos van moldeando el futuro, aunque la mayoría de ellos nos pasen inadvertidos. Pero hay ciertos acontecimientos que definen el devenir de la historia por sí mismos, como lo fue ese fatídico día en que más de 3,000 personas murieron a cuenta del fanatismo más abstruso.

Unas semanas antes de ese aniversario del 9-11, por ejemplo, en todos los diarios del mundo aparecían las noticias de “la próxima recesión global”. Por esos mismos días lo que se comentaba es que el sistema financiero finalmente voltearía a ver a los mercados emergentes, mientras los desarrollados se hundían en sus impagables pasivos.

En esos días de agosto y septiembre en que hubo un “terremoto” en Washington y una “tormenta tropical” en la mismísima Nueva York, es decir, cuando pasaron cosas que antes no se veían, y ello generaba una sensación de que nada está escrito en piedra, llegó a mis manos la reedición de un libro que hace un par de años causó un sinnúmero de comentarios. Se trata de Los próximos 100 años. Pronósticos para el siglo XXI, de George Friedman (Océano, 2011). En medio del nerviosismo ambiente, pues evidentemente sí hay un riesgo de que el mundo caiga en una nueva recesión, resulta ineludible reflexionar sobre lo que puede pasar más allá de nuestro futuro inmediato.

Desafíos

El arte de la adivinación es un oficio desprestigiado, por muy buenas razones, y sin embargo, algunos futurólogos serios nos dan algunos parámetros para comprender los efectos que podrían suceder en los años venideros, y que tendrán que provenir, necesariamente, de las causas que estamos sembrando hoy en día. Muchas veces, los que pretenden hacer este trabajo de forma poco seria caen en las supuestas “profecías”, que en no pocos casos se trata de un catálogo de calamidades apocalípticas. Aunque, la verdad, no son pocos los signos ominosos que se ven en el horizonte.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), por ejemplo, publicó en junio un estudio en el que enumeraba los mayores riesgos que tiene la humanidad ante sí, diciendo además que no tenemos los elementos necesarios para enfrentarlos.

El primero de estos riesgos es una pandemia, proveniente de algún microorganismo para el cual no existan medicamentos. Ante un escenario tal, las epidemias del sars y la influenza AH1N1 fueron apenas avisos. Como sabemos, la aviación hace posibles los contagios entre la gente de distintos continentes en apenas unas horas, y un virus que no se pueda contener puede llegar a diezmar poblaciones enteras. La Organización Mundial de la Salud (OMS) sabe desde hace muchos años que vendrá esa epidemia que hoy nos parece lejana, como tantas otras cosas en las que no reparamos pero que nos esperan, acechantes.

Los siguientes grandes riesgos para la humanidad son los ataques cibernéticos, el descontento social y las revoluciones, que podrían llegar a salirse de control (los políticos incendiarios tendrán una inmensa responsabilidad en ello, en el futuro). Un riesgo adicional es el de las tormentas geomagnéticas que, aunque parezcan de ciencia ficción, la OCDE estima que un evento en las erupciones solares podría causar el colapso de las comunicaciones satelitales, con un costo de trillones de dólares.

Y así llegamos al riesgo más evidente de todos, al menos en estos momentos: la crisis financiera. Como sabemos, todas las economías del mundo están entrelazadas, y el derrumbe de una puede generar el temido efecto dominó, que es lo que las instituciones internacionales intentan evitar a como dé lugar, tal vez con ello provocando riesgos cada vez mayores para el futuro (pues se rescatan países con un refinanciamiento tras otro, volviendo los plazos más largos y haciendo cada vez más gigantescas las deudas). En los días que corren se ha hablado de cualquier cantidad de escenarios, ninguno de ellos halagüeño para la economía mundial. Las posibilidades van desde el inicio de una etapa larga, muy larga, de bajísimo crecimiento y alto desempleo, hasta una recesión global empujada por el colapso del euro y, en el flanco estadounidense, el declive de la mayor economía, fragmentada por sus monstruosos pasivos, al igual que sus insolubles problemas políticos. Este escenario extremo prevé, pues, el colapso de las economías desarrolladas.

Lo que dice la demografía

Pero el libro de George Friedman no prevé cataclismos de tipo apocalíptico. De hecho, vaticina que en este siglo quizá haya más guerras que en el siglo XX, pero mucho menos catastróficas, debido antes que nada al cambio tecnológico. Comienza su disertación con el hecho clave al que ya hemos aludido, el 9-11, y en general con el desafío de los grupos radicales islámicos contra la democracia norteamericana. No obstante, para Friedman esta guerra, o este “choque de civilizaciones”, como otros han querido llamar, no es lo que dará forma al futuro. Al contrario, es algo que ve extinto en unos cuantos años, dando paso a la verdadera rivalidad entre las potencias del futuro, que según él son Japón, Turquía y Polonia, junto con Estados Unidos, que seguirá siendo la superpotencia durante los próximos 100 años (en cuanto a China, Friedman no es el único autor que no la visualiza en un futuro como una gran potencia, especialmente por sus contradicciones internas, su autoritarismo y la profunda desigualdad que está incubando entre su sociedad).

Según Friedman, quien también es fundador y director del centro de reflexión geopolítica Strategic Forecast (www.Stratfor.com), el advenimiento de Polonia como gran potencia provendrá de la necesidad de Rusia de extenderse al oeste, poniendo en riesgo a toda la región y en entredicho a Alemania, que elegiría no participar en el conflicto, por lo que Polonia encabezaría una coalición que la llevaría a opacar a rusos y germanos por partida doble.

De Japón, Friedman pronostica que se puede convertir en la potencia que nunca llegó a ser, no sólo a nivel económico sino incluso naval y militar, pero sólo si logra resolver el grave problema poblacional con el que se va a enfrentar.

De hecho, el elemento fundamental que el autor visualiza para los próximos 50 y 100 años es el declive de la población del mundo, sobre todo en los países industrializados, pero no sólo en ellos. Naciones como Japón, Rusia y Alemania (por no hablar de España o Francia, o el mismo Estados Unidos, aunque en menor medida) se verán en serios problemas ante el descenso acelerado en el número de sus habitantes. Lo único que los puede salvar, dice Friedman, es la migración, así que, contrario a lo que sucede en la actualidad, incluso llegarán a pagar para que gente de otros países se establezca en sus territorios.

Si se observa desde esta perspectiva, el declive de muchas potencias es inevitable. Al día de hoy Japón tiene serios problemas poblacionales, y el rechazo europeo a los migrantes no parece tener ningún sentido, más que por una supuesta preservación de la identidad de cada país. Es decir, tiene que ver con la ideología… pero es un hecho que se están quedando sin gente.

“Para 2050 los países desarrollados estarán perdiendo población a ritmos acelerados –escribe Friedman–. Para 2100 incluso las naciones menos desarrolladas tendrán tasas de natalidad bajas. El sistema global fue construido sobre la premisa de una población en constante crecimiento: más trabajadores, más consumidores, más soldados. En el siglo XXI esa premisa llegará a su fin y la lógica del desarrollo mundial cambiará radicalmente”.

México en 100 años

Debemos recordar que el autor escribió este libro hace dos años, cuando (por citar sólo un acontecimiento de escala global) no se habían dado las revueltas en los países árabes, pero aún así mantiene su vigencia. Por ejemplo, el descenso del poder de muchos países desarrollados que el autor prevé para las siguientes décadas, se puede constatar con lo que está pasando en este 2011, cuando muchas economías europeas están sucumbiendo ante el peso de sus pasivos, y cuando vemos que tienen un crecimiento insignificante, en contraste con el impulso de las economías emergentes.

Para ya no hablar de China o India, que son casos obvios, mencionemos simplemente a Turquía (la actual economía número 17, con una pujante democracia y que parece destinada a ser el líder del mundo musulmán), o Brasil, o Perú, o Sudáfrica, o Corea. O México, que ciertamente tiene un lugar privilegiado en la futurología de George Friedman, y que, según sus cálculos, se puede convertir en una potencia hacia finales del siglo XXI.

La primera premisa en la que se basa para aseverar esto es que Estados Unidos seguirá siendo la gran potencia mundial que ha sido hasta ahora, al menos por otros 100 años. El segundo, que en un momento determinado ese país necesitará un reemplazo poblacional que sólo podrá lograr con migración, específicamente de mexicanos. Friedman ve un enfrentamiento serio entre nuestro país y el vecino del norte, hacia finales de siglo, aunque no de consecuencias graves. Al menos no para México, que seguirá en su rumbo hacia convertirse en uno de los líderes globales. “México es hoy la economía número 15 del mundo –anota el autor–. Mientras los europeos se diluyen, los mexicanos, como los turcos, crecerán hasta volverse, para fines del siglo XXI, una de las grandes potencias económicas del mundo”.

El fundador del centro Stratford sabe que, “mientras más detalladas, las predicciones son menos confiables”, así que muchos de sus augurios son un tanto vagos, aunque hay que decir que están sustentados en un conocimiento muy sólido del mundo actual y de la historia, y que no se basan en ideas complacientes (algo difícil de encontrar en el pensamiento actual, en el que domina lo políticamente correcto). Por ejemplo, sostiene que a Estados Unidos no le interesa ganar todas sus guerras, pues no es esa no es su finalidad. Su verdadero objetivo es evitar que países que le tengan hostilidad constituyan un riesgo para él, y para lograrlo, con desestabilizarlos y debilitarlos le basta.

También es cierto que en la previsión de escenarios futuros debemos contemplar la tendencia al decrecimiento demográfico, y que ese solo hecho cambiará la fisonomía de las potencias. Y, por supuesto, que los mercados emergentes serán jugadores cada vez más fuertes, y que llegarán a opacar a las que hoy conocemos como potencias, fuera de Estados Unidos (y en un plazo mayor, incluso a ese país). México se encuentra entre los primeros 20 países y, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, tiene cimientos sólidos, una población estable y una pujante clase media que promete transformar su sociedad. No veo, yo tampoco, por qué nuestro país no podría llegar a ser uno de los principales jugadores a nivel internacional.

No es seguro que los escenarios catastrofistas que advierte la OCDE (a los que, por cierto, habría que añadir el cambio climático) se vayan a cumplir en un futuro. El ser humano ha tenido la sapiencia suficiente para sobreponerse a obstáculos enormes. No obstante, también es cierto que ha debido pagar grandes cuotas de sufrimiento para llegar a esa sabiduría colectiva. Piénsese, si no, en el Holocausto y las dos grandes guerras mundiales como preámbulo para la Europa pacífica que tenemos hoy, o en las debacles macroeconómicas que tuvieron los países latinoamericanos en los 80 y 90 como sustento para la disciplina fiscal que hoy caracteriza a muchos de ellos, y que hoy los diferencia de las potencias industrializadas, en estos momentos diezmadas por sus déficits. ¿Deberemos pagar esas enormes cuotas de sufrimiento para aprender lecciones que, de otra forma, nos seguirían pasando desapercibidas?

Cada día somos testigos de sucesos, la mayoría de ellos imperceptibles, que van conformando una trama, una madeja, que conformará el material con el que estará construido el futuro. Toda causa tiene un efecto, y el conjunto de todas las causas de hoy dará forma al porvenir. He ahí donde tenemos una gran oportunidad de hacer las cosas bien, de alcanzar esa sabiduría colectiva, sin pasar necesariamente por experiencias traumáticas, que nos permita heredar un futuro venturoso para las generaciones que nos van a suceder.

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