NO SEAS TU PROPIO ENEMIGO AL INVERTIR

8 errores comunes

NO SEAS TU PROPIO ENEMIGO AL INVERTIR

[Por Joan Lanzagorta]

Engañar a los demás es un defecto relativamente vano. La verdadera mentira es aquella con la que un hombre se engaña a sí mismo.

Friedrich Nietzsche

Como inversionistas debemos tener mucho cuidado, porque a la hora de colocar nuestros recursos en las diferentes opciones nos puede pasar como a esos deportistas que, estando a punto de llegar a la meta, tropiezan y pierden lo que habían ganado. Es cosa de todos los días que algún inversionista se deje llevar por una idea, una “corazonada”, una aversión personal o una ambición mal encaminada para perder buena parte de su patrimonio. Conoce los errores en los que se puede caer, identifícalos y toma decisiones acertadas siempre que inviertas tu dinero.

1. Seguir a las masas

Muchos inversionistas son fácilmente influenciables, y eso muchas veces les hace comprar caro y vender barato. Son personas que leen algo acerca de una acción que tiene buenas perspectivas, y se apresuran a comprarla, sin haberla investigado antes y sin considerar cómo encaja dentro de su portafolio, sus objetivos y su perfil como inversionistas.

Esto los puede llevar a tener minusvalías. Sin embargo, es fácil perder la perspectiva a una escala mucho mayor. Lee Munson, asesor financiero en Albuquerque, relata una anécdota que demuestra cabalmente cómo a veces son los propios inversionistas quienes sabotean sus portafolios.

Munson cuenta que uno de sus clientes vendió en 2009 sus acciones, justo dos días antes de que el índice S&P 500 tocara su mínimo. Era el peor momento para deshacerse de esos títulos, pero él estaba desesperado porque los títulos habían estado bajando. El asesor recuerda que este cliente le llamó a su casa y su estado de ánimo era de desesperación e impaciencia. Le dijo que el presidente Obama estaba “arruinando al país”, que venían tiempos terribles y que no quería tener acciones en su portafolio.

Sin embargo, después de que los republicanos tomaron el control del Congreso en las elecciones intermedias de 2010, cuando dicho índice había subido ya un 75% desde ese mínimo de 2009, el cliente se entusiasmó, pensó que las acciones eran el mejor instrumento para invertir, y volvió al mercado.

Es decir, vendió muy barato y compró muy caro.

Desafortunadamente hay muchos otros ejemplos al respecto. El más reciente es la nueva “fiebre del oro”, la inversión que hoy en día está de moda. Después de varios años de ser un activo casi olvidado, ahora todo el mundo habla acerca de él. “¿Qué piensas de invertir en oro?”, me dicen. “¿Ya viste cómo ha subido?” Por todos lados escuchas que más y más personas quieren participar de esa fiebre dorada. En mi experiencia, cuando esto sucede es casi una señal inequívoca de que existe una burbuja que, como todas las burbujas, tarde o temprano se reventará. Aquellos inversionistas que piensan por sí mismos, sin dejarse influenciar fácilmente, llevarán ya bastante tiempo fuera de sus posiciones en oro cuando eso suceda…

Decía Nietzsche, despiadado, que “para predecir el comportamiento de la gente uno sólo debe asumir que siempre tratarán de escapar de una situación desagradable con el menor gasto posible de inteligencia”. Los inversionistas que no se dejan guiar por las masas son quienes pueden tomar provecho de esto.

2. Dejarse llevar por creencias arraigadas

Una de las formas más sencillas de controlar el riesgo de nuestro portafolio es a través de la diversificación. Sin embargo, a pesar de que siempre hemos escuchado los peligros de “poner todos los huevos en la misma canasta”, aún hay inversionistas que siguen comprando una única clase de activo.

Eso en México sucede muy a menudo: durante muchos años la gente se dedicó a comprar dólares y a guardarlos debajo del colchón. La creencia popular era que los billetes verdes no pierden su valor. Se olvidan que en Estados Unidos también hay inflación, y que incluso una baja como la de aquél país, a lo largo de los años, puede mermar significativamente nuestro poder adquisitivo.

Lo mismo pasa cuando la gente invierte exclusivamente en bienes raíces. Muchos creen que éstos “siempre tienen plusvalía y, pase lo que pase, recobrarás lo invertido”. La realidad es muy distinta: simplemente hay que ver lo que ha sucedido con el mercado inmobiliario de Estados Unidos, donde, como consecuencia de la crisis financiera, muchas viviendas perdieron, en los últimos años, más del 60% de su valor. La gente no se pone a pensar que en el futuro una zona que hoy es tranquila puede convertirse en un lugar inseguro, y eso hace que las casas pierdan valor. Entre muchas otras cosas.

Otro ejemplo es que hoy en día mucha gente que está destinando sus ahorros a la compra de metales amonedados, particularmente Centenarios, también con la creencia, bien arraigada, de que nunca pierden su valor. Cada vez que alguien me pregunta sobre esto los remito a que vean la gráfica del precio del oro: además de que ha tenido altibajos, existen periodos largos en que se ha mantenido estable. Es solamente en los cuatro últimos años que ha tenido un alza espectacular. Esto se ilustra en la gráfica 1, en la que podemos observar los precios históricos del oro. Si además tomamos en cuenta la inflación, para obtener precios ajustados (en términos reales), el panorama es aún peor, como podemos ver en la gráfica 2.

3. No tener un enfoque específico

Aunque, como ya mencionamos, la diversificación es positiva porque nos ayuda a disminuir el riesgo, un enfoque que caiga en el desorden bajo la supuesta divisa de la diversificación, puede resultar muy nocivo. Hay personas que tienen cuentas de inversión en varias instituciones: casas de Bolsa, operadoras de fondos, pólizas de seguros con acceso a fondos, etcétera, pero ninguna con un fin específico. La gente que invierte de esta forma no puede tener una idea clara de cómo está diversificado su portafolio.

De la misma forma, existen aquellos que tienen una cartera distribuida en demasiados instrumentos, tantos que es imposible darles seguimiento. Por ejemplo, portafolios construidos con 20 distintos fondos de inversión. ¿Cómo podemos saber que el desempeño de cada uno es adecuado y consistente contra el benchmark (el índice que sea nuestro punto de comparación) que nos hemos planteado?

Dicen que el sentido común es el menos común de los sentidos. A veces esto se aplica a las inversiones.

4. Pecar de exceso de confianza

Nueve de cada 10 personas piensa que maneja su coche mejor que el promedio de la gente. Si uno se pone a pensar, verá que esto es matemáticamente imposible. Lo mismo sucede con los inversionistas: la gran mayoría de los participantes en el mercado piensan que son mejores que el promedio.

En realidad no es fácil comprar o vender acciones. En ocasiones hay que tener el estómago de verlas caer 40% (por ejemplo, durante una crisis), antes de que suban y nos produzcan ganancias. En México han existido jornadas, en periodos de alta volatilidad, en las que la diferencia entre el precio mínimo y máximo de una acción ha sido más del doble. Para participar con éxito en el mercado hay que saber esperar y tener paciencia. El verdadero valor de una compañía eventualmente es reconocido por el mercado. Pero en ocasiones hay que esperar incluso años. La psicología es más del 80% del juego. Luego viene todo lo demás.

Precisamente por eso se recomienda, para la gran mayoría de los inversionistas, una estrategia pasiva: buscar una adecuada asignación de activos, de acuerdo a cada horizonte de inversión y perfil de riesgo, y participar en índices o canastas accionarias. Es la forma más sencilla de invertir y gozar de los beneficios que ofrece el mercado en el largo plazo. En ciertos casos, un exceso de creatividad o autosuficiencia puede ser el peor enemigo.

5. Para ganar hay que estar dispuestos a perder

Decía Nietzsche que lo que no nos mata, nos hace más fuertes. Las personas que han hecho fortunas en el mercado de valores son aquellas que se han equivocado muchas veces, pero han sabido aprender de sus errores.

El gran problema es que a nadie le gusta equivocarse. Y otra característica muy humana es que solemos racionalizar nuestros yerros para justificarlos, con lo que nos engañamos a nosotros mismos.

Pero, suponiendo que sí somos capaces de asimilar, de todas formas es difícil saber cuándo nos equivocamos. Podemos haber analizado una acción a conciencia, podemos comprarla pensando que es un buen momento para hacerlo, sólo para ver cómo comienza a caer. ¿Nos equivocamos al elegirla? ¿Debemos mantener nuestra posición? ¿Debemos vender?

La respuesta no es sencilla. ¿Hay alguna razón en especial por la cual esa acción está cayendo precisamente ahora? Si pensamos que no, debemos mantener nuestra posición. Este juego es a largo plazo, y en ocasiones el valor de las acciones cae significativamente para después subir y generar ganancias fuera de serie. El secreto es dejar de lado nuestras emociones, volver a analizar y mantenerse en la elección original, si realmente estamos seguros de ella.

6. No seguir una metodología

Y a esto hay que añadir: no aplicarla de manera disciplinada. Este puede ser quizá nuestro peor error: comprar y vender basados en cualquier otra consideración que no sea un método.

Una metodología o estrategia nos sirve precisamente para tratar de evitar que las emociones influyan en nuestras decisiones. Por eso mismo, una vez que la hemos definido, tenemos que aplicarla siempre, sin excepción. Por ejemplo: si hemos definido vender una acción en caso de que su precio cruce a la baja su promedio móvil de 30 días, tenemos que hacerlo. No importa si es una gran compañía, con enormes perspectivas a futuro. Esa es la metodología que establecimos (suponiendo, claro, que lo hicimos por buenas razones), y por lo tanto tenemos que aplicarla.

Aquí puede entrar nuestra parte irracional. La gente a veces piensa que esa acción seguro va a tener un rebote. “Lo presiento”, dicen. O pueden pensar que quizá sea una señal equivocada, por lo que hay que ignorarla. O simplemente que esa emisora es la mejor que existe y que a pesar de todo es mejor mantenerla en el portafolio.

Todas estas pueden ser razones válidas, pero también pueden ser producto de nuestro temor a equivocarnos, o de una esperanza poco fundamentada. Son nuestros sentimientos hablando, no nuestra inteligencia. Decía Friedrich Nietzche: “la esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre”.

7. Las fortunas no se hacen en un día

Hay muchas personas que se dedican al day-trading, es decir, a comprar acciones y venderlas el mismo día, esperando aprovechar la volatilidad inherente a los mercados.

No tengo nada en contra de los traders. Algunos de mis amigos lo son y muchos de ellos me critican porque siempre aconsejo a las personas no invertir de esta manera. Pero mi filosofía personal es que uno no debe perder de vista su objetivo, el cual, si uno participa en el mercado accionario, debe ser de largo plazo.

El trading puede alejarnos de nuestro objetivo y puede hacernos perder el foco: nos hace pensar demasiado en función del corto plazo. Pero no sólo eso: es una de las disciplinas más difíciles que existen, y hay que tener estómago para aguantar la adrenalina y ser exitoso. De hecho, más de la mitad de las operaciones son perdedoras, de ahí la importancia de cortar las pérdidas (método de stop-loss ) lo antes posible y no dejar que nuestros sentimientos se inmiscuyan.

Pero también, los traders deben considerar, en el cálculo de sus utilidades, la comisión que pagan por cada operación. Muchos se olvidan de tomarla en cuenta.

Los buenos traders se enfocan en el estudio de muy pocas acciones y toman sus decisiones basándose principalmente en criterios de análisis técnico. A veces compran y venden el mismo instrumento varias veces en un día. En conclusión, sí se puede tener éxito siendo trader, pero es algo que muy pocos logran. Para el 90% de las personas este no es el camino a seguir.

8. No saber esperar, ni actuar a tiempo

Puede parecer contradictorio, pero así es: ya dijimos que las inversiones en Bolsa deben ser a largo plazo para que se elimine el riesgo y se magnifiquen las ganancias, pero eso no significa necesariamente que todo el tiempo debemos estar invertidos. Ni participar siempre en los mismos instrumentos. Largo plazo es un horizonte de inversión, nada más.

No tiene tampoco mucho sentido mantenerse invertidos en una empresa que no dio lo que esperábamos de ella, y que sabemos, por nuestro análisis, que no lo va a dar, al menos en lo que dura el horizonte de inversión que nos hemos trazado.

Saber esperar es todo un arte. Es saber reconocer cuando las cosas marchan bien, aunque otros no lo vean. Pero también es esencial saber distinguir cuando las cosas van mal y no se van a componer, para abandonar una determinada posición a tiempo.

Nietzsche escribió: “la pasión no sabe esperar. Lo trágico de la vida de los hombres estriba frecuentemente en no saber esperar”.

Como se observa, invertir no es fácil, pero tampoco tiene por qué ser difícil. Para la gran mayoría de las personas las estrategias pasivas funcionan de maravilla: en lugar de seleccionar acciones, invertir de manera indizada (en instrumentos que estén ligados a los índices). Cuando se hace esto con constancia, poco a poco y con visión de largo plazo (más de 10 años), las probabilidades de tener éxito son extraordinariamente altas.

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