ESTADOS UNIDOS: ¿EL PRINCIPIO DEL FIN?

Grave riesgo en su déficit

ESTADOS UNIDOS: ¿EL PRINCIPIO DEL FIN?

[Por Roberto Aguilar y Georgina Ruíz]

EU llegó a su límite de endeudamiento ($14.3 billones de dólares); de no ampliarse ese techo el próximo 2 de agosto, podría entrar en suspensión de pagos.

Estados Unidos parece estar condenado a perder su hegemonía y, si eso sucede, los culpables no serán la endeble recuperación económica, las profundas secuelas de la crisis financiera, el elevado nivel de desempleo, la política monetaria expansiva o la caída mundial de la cotización del dólar. Más bien, la estocada final puede provenir de sus políticos que, inmersos ya en la lucha electoral, tomarán nuevamente el estandarte económico para ganar votos, aunque sin tomar una decisión directa sobre cómo remediar el galopante déficit fiscal. La medida más efectiva para lograrlo, que es reducir el gasto público e incrementar impuestos, es la más impopular y políticamente incorrecta en estas circunstancias.

Es un hecho que el próximo año el techo del endeudamiento de la economía de Estados Unidos llegará a su límite previsible, con más de 100%, lo que colocará a esta nación como la segunda más endeudada del mundo, luego de Japón.

“El debate de los presupuestos y déficits no es solamente sobre números en un papel, es más que recortar o gastar: es sobre el tipo de futuro que queremos”, dijo Barack Obama en un esperado discurso en los primeros días de abril, en respuesta al plan del Partido Republicano de recortar la deuda pública del país en $5.8 millones de millones (billones) de dólares durante la próxima década, bajando radicalmente el gasto del gobierno (una medida mucho más audaz que la del propio Obama, quien propone bajar los pasivos en sólo $4 billones en los siguientes 12 años, llevando el déficit a 2.5% del PIB en 2015, comparado con el 10.9% proyectado para este año). La opción del presidente es más moderada, pero no puede asegurar su efectividad.

Claroscuros

La economía de Estados Unidos se mueve a estas alturas en una recuperación que pende de un hilo, un crecimiento que se ve amenazado por el desempleo y la caída en el valor del activo más importante en el balance de las familias: la vivienda. Esta situación ha obligado al gobierno a iniciar un sinnúmero de programas de soporte con recursos federales. La consecuencia es el más abultado déficit fiscales de toda la historia de la nación americana.

La situación se torna cada vez más riesgosa para la popularidad del gobierno demócrata que, con tal de no abandonar la línea de su campaña de 2008, navega contra la corriente tratando de evitar recortes en los programas de seguridad social y, en contraste promover ahorros en otros sectores, pues le urge aminorar la razón déficit fiscal-Producto Interno Bruto (PIB).

Este último elemento encendió la alarma en el mundo entero, luego de que la calificadora Standard and Poor’s redujera de estable a negativa la perspectiva de la deuda estadounidense, poniendo énfasis en la necesidad de un menor déficit y, por ende, un menor endeudamiento para la aún economía número uno del mundo. No obstante, para algunos la decisión de Standard & Poor’s es una especie de revancha de la calificadora por las medidas más estrictas a las que tendrá que sujetarse como consecuencia de la reforma al sistema financiero.

Quienes abonan a esta versión aducen que los señalamientos de la calificadora están fuera de tiempo, pues el abultado déficit ya venía desde la administración anterior. Dicen que los problemas estaban sobre la mesa desde que se dieron a conocer los rescates a la economía, el Programa de Alivio a Activos en Problemas (TARP, por sus siglas en inglés). Más aún, las cosas ya se pronosticaban turbias desde el momento en que todas las naciones que estimularon sus economías a través de diversos programas ya presentaban problemas fiscales que hoy están pagando y que constituyen una amenaza adicional para la recuperación económica.

El huevo de la serpiente

Para conocer más sobre el surgimiento del deterioro fiscal basta situarnos en la segunda mitad de 2007, en una economía que, después de un avasallador crecimiento en el mercado inmobiliario (que trajo como consecuencia el crecimiento explosivo del sector de la construcción y, más aún, la generación de instrumentos financieros cuyo activo subyacente eran precisamente las viviendas), enfrentaba la ruptura de la inmensa burbuja.

La consecuencia fueron los primeros síntomas de problemas en la banca que, interconectada por un proceso galopante de globalización, hizo rodar la primer cabeza. La primera quiebra casualmente no es un banco americano, sino el prestamista alemán IKB. Ello provocó temor entre los consumidores, quienes buscaron a toda costa proteger su patrimonio.

Esta situación fue encendiendo los focos rojos en casi la totalidad de las naciones. Con un sistema financiero global a punto de desquebrajarse, las medidas de los gobiernos fueron inmediatas. Y es que los mercados accionarios comenzaban ya a descontar una profunda desaceleración en el crecimiento. Tan sólo se requiere ver cómo el selectivo Standard & Poor’s, el barómetro de la economía, se fue desplomando mientras avanzaba 2008 y profundizó su caída entrado el 2009.

Los datos hablan por sí solos: el índice descontaba una crisis peor a la vivida en los años 30, pues luego de tocar máximos en los primeros días de octubre de 2007, que lo situaron en 1,557.59 unidades, la situación lo llevó a desplomarse hasta las 683 unidades, en marzo de 2009, dejando así al selectivo con una caída en su valor de mercado de 56.17%.

Con todo este proceso a cuestas, el sector financiero fue el primero en iniciar los recortes. Estados Unidos observó la caída más profunda en su PIB, en el cuarto trimestre de 2008 (a una tasa trimestral anualizada de 6.8%), desde el segundo trimestre de 1980. El desempleo se disparó (y sigue siendo un problema estructural en nuestros días). Los indicadores adelantados entraron en zona de recesión y, finalmente, se observó una profunda destrucción de la riqueza.

Entre 2008 y 2009 se eliminaron 8.5 millones de empleos, de los cuales sólo se han recuperado 1.3 millones. La riqueza de las familias descendió en 24.17% (se perdieron $15.5 billones de dólares) en tan sólo seis trimestres. El precio de las viviendas se desplomó casi 32%, desde su máximo en 2006 hasta el mínimo en 2009, de acuerdo con la muestra que realiza Standard & Poor’s junto a la firma Case Shiller. Pero lo más preocupante fue que los ciudadanos cambiaron sus patrones de consumo, de ser demandantes activos de bienes y servicios, a mostrar reservas y desconfianza. Su objetivo se concentró en disminuir su nivel de apalancamiento y ser más precavidos.

Este es quizá el problema más álgido que lleva primero a la administración de George W. Bush a lanzar un programa de soporte a la economía y al Tesoro a rescatar a la banca con dinero de los contribuyentes, para luego, en el gobierno de Barack Obama, lanzar un nuevo programa de soporte y, por último, a extender por un año más los beneficios impositivos de la era Bush y los subsidios al desempleo.

Tanto el programa de Bush como el de Obama buscaron apuntalar a la economía en sus ejes básicos: los individuos, las familias y el mercado inmobiliario. El programa lanzado por Bush sumaba recursos por $168 mil millones de dólares, con un costo estimado de $674 mil millones de dólares en los 10 años posteriores a su puesta en marcha. El de Obama era más ambicioso, con $787 mil millones de dólares.

Encarnizada lucha política

A más de dos años de que iniciara la crisis, los políticos de Estados Unidos no han logrado acordar un plan para revertir el deterioro fiscal o aminorar las recientes presiones presupuestarias. La calificadora Standard & Poor’s consideró que las propuestas del Presidente Obama y del congresista republicano Paul Ryan son el punto de partida de un proceso destinado a un compromiso más amplio, que podría encausar la consolidación fiscal sustancial y duradera del gobierno. Aunque la calificadora advierte que lograr un acuerdo será un reto debido a la amplia brecha que existe entre los partidos. En este sentido, considera que hay un riesgo significativo de que las negociaciones en el Congreso no logren ningún acuerdo sobre una estrategia fiscal hasta después de las elecciones del otoño de 2012. Si es así, el primer cambio significativo sería para el año fiscal 2014.

La calificadora destacó que, si bien los problemas de la nación americana no son de corto plazo, existe la posibilidad de una baja adicional en la calificación en los próximos dos años.

Los peligros de una baja en la nota crediticia descansan en dos aspectos: el primero es la escala a la que se llegue en cuanto a los acuerdos fiscales, y el segundo, los mecanismos para que un plan de reducción del déficit sea creíble y en ese sentido aplicable en los próximos dos años. Al respecto, Mohamed El Erian, encargado del manejo del fondo de inversiones Pacific Investment Management, uno de los más grandes del mundo, opinó que la advertencia lanzada sobre la salud fiscal de Estados Unidos fungirá como un catalizador que permitirá la convergencia más rápida a un paquete fiscal viable a mediano plazo.

El movimiento es además un recordatorio de los riesgos que corre la economía mundial, así como del deterioro generalizado de la calidad crediticia soberana de varias economías desarrolladas. “Ha llegado el momento de que Estados Unidos (y otras economías avanzadas) tengan un mejor control de su destino fiscal por el bien de la sociedad estadounidense y para el bienestar de la economía mundial”, añadió el financiero. En tanto, George Conclaves, de Nomura Securities, consideró que la rebaja contiene “poca información nueva”.

El tema más destacado para los bonos del Tesoro, cuyas tasas siguen siendo utilizadas como referencia en todo el mundo, es la probable ampliación del techo de la deuda en los próximos meses, un evento que tendrá mayor impacto que el cabildeo de los recortes al déficit público. Y dada la situación del dólar como moneda de reserva, será un prolongado y lento proceso antes de que los bancos centrales extranjeros puedan empezar a invertir sus reservas de superávit comercial en cualquier otra divisa.

Mientras todos estos peligros se ciernen sobre el futuro de Estados Unidos, y el de todo el mundo, los partidos se fustigan entre sí, abonando al clima de crispación política y a la polarización. Los populistas de ultraderecha, tipo Donald Trump, y las cadenas partisanas como Fox News no pierden oportunidad para atacar al presidente, y éste se ve obstaculizado en sus posibilidades de acción. Aunque a inicios de mayo la muerte de Osama Bin Laden fue una bocanada de aire fresco para la administración demócrata, y Obama se reforzaba con al menos 10 puntos más de aprobación ciudadana, es factible que el golpeteo político y la difícil situación económica vuelvan a debilitarlo. No obstante, el solo hecho de haber acabado con el símbolo de lo que fue la década de la guerra contra el terrorismo ayudará no sólo anímicamente a los estadounidenses, un eventual desmantelamiento de Al-qaeda les puede garantizar ahorros sustantivos en gastos de defensa, y el fin de las guerras en Irak y Afganistán se ve cava vez más cercano, con los ahorros multimillonarios que esto significará.

El impacto en las inversiones

Pese al revuelo que causó la perspectiva negativa que le propinó S&P a la deuda de nuestro vecino del norte, la economía de ese país “sigue siendo flexible, diversificada y con altos ingresos”, como la misma calificadora se encargó de apuntar. Por ello el impacto en los portafolios de inversión será marginal e incluso nulo en el corto plazo, porque en la mente de los estrategas hay asuntos de mayor relevancia, que incidirán directamente en el desempeño de los mercados, y por lo tanto en la toma de decisiones sobre entrar o salir de algún tipo de instrumento determinado.

¿Por qué no se exige a Estados Unidos un rendimiento mayor por la baja de calificación? ¿Por qué no hubo una venta masiva de Bonos del tesoro? Porque pese al momento que vive esta economía sigue mostrando perspectivas sólidas y sus bonos seguirán utilizándose como referencia en los mercados financieros, además de que el propio gobierno es ahora el mayor tenedor de sus propios instrumentos de deuda, por lo que las presiones reales sobre los mercados e inversiones vendrán cuando decida reducir su tenencia.

Pero siguen los riesgos a mediano plazo. La perspectiva negativa indica, según Standard & Poors, que existe una probabilidad del 33% de que baje la calificación de Estados Unidos en dos años, pues aunque por ahora las fortalezas de la economía superan a los peligros fiscales, en el 2013, si el gobierno no encuentra la fórmula para revertir su déficit, las cosas podrían cambiar y entonces sí podría existir la posibilidad de que pierda la calificación AAA. Si esto ocurriera, los inversionistas exigirán una tasa de interés mayor en sus bonos, afectando con ello el servicio de la deuda (profundizando aun más la problemática fiscal del país) y la rentabilidad de los títulos, pues los precios a los que se negociarían en el mercado serían más bajos.

Por lo pronto los inversionistas deberán atender a riesgos aledaños, como las presiones inflacionarias y el impacto que tengan en los consumidores, y la evolución de las tasas de interés en este contexto de incremento acelerado de precios en algunas regiones del mundo, que ha promovido el revés de las políticas monetarias laxas (aunque el desliz acelerado del dólar ha permitido que Estados Unidos aleje las presiones de precios y las traslade al resto de las naciones, por la condición de moneda de reserva que todavía guarda esa moneda).

Los portafolios tendrán que observar, además, el momento en que cambie el discurso de la Reserva Federal, aunque se espera que la tasa de los fondos federales siga en mínimos históricos por un buen periodo. Pero los inversionistas, insistimos, deberán monitorear de cerca las señales de salida de la Reserva Federal de sus propios bonos. Si bien es cierto que los programas de flexibilidad monetaria terminan en junio, las presiones sobre los rendimientos de los Bonos del Tesoro serán más severas en el momento en que el banco central busque deshacerse de los casi $3 billones de dólares en títulos que tiene.

Rodolfo Campuzano, director de análisis y estrategia de la casa de Bolsa Invex, señala a este respecto: “Las consecuencias de la deuda de EU hasta ahora son poco tangibles, quizá la principal sea la debilidad del dólar contra el resto de las monedas. No obstante, cualquier posible solución plantea escenarios adversos para los mercados. Por un lado una reducción en la calificación implicaría menos poder de compra de los estadounidenses, pues traería aumentos de impuestos o reducciones al gasto público. Un segundo frente serían tasas de interés mayores, lo cual afectaría a los usuarios de crédito y a los tenedores de bonos. La existencia de este tipo de temores y su posible realización resulta en una limitante para el crecimiento y la inversión, así como un lastre para los mercados”.

Ante ello es preciso diversificar las carteras en mercados y monedas. Campuzano destaca que lo siguiente: “a pesar de que las consecuencias son muy predecibles, los inversionistas desconocen la evolución de las cosas en el futuro inmediato. Quizás el razonamiento más lógico para defenderse sea vender las posiciones en dólares y las tenencias en Bonos del Tesoro, pero, como hemos visto, las trayectorias de corto plazo pueden ir en sentido contrario de lo que la lógica indica”.

Otro peligro es que fondos soberanos de países como China o Japón busquen eventualmente una salida de títulos norteamericanos, pues el 47% de los bonos soberanos estadounidenses se encuentra en manos de extranjeros.

Escenarios

La nación americana enfrentará una importante batalla para paliar el déficit: en primera instancia por el contexto que engloba la cercanía de las elecciones presidenciales de 2012 y más aún sin un candidato virtual del ala republicana hace eco en la propuesta republicana por reducir el gasto.

Es muy probable que Obama, junto a Geithner y el propio presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, jueguen un papel importante para que las tasas de los títulos de deuda permanezcan en niveles históricamente bajos, un evento que le permitirá a Estados Unidos seguir financiando sus déficits a costos moderados.

Incluso, es posible que sus compradores internacionales por excelencia (China, Inglaterra y Japón) mantengan su apetito por los títulos y permitan que el flujo de dinero siga llegando a la nación americana hasta que la recuperación sea más evidente y el revés de la política monetaria haga estragos en las tasas. Es muy poco probable que el país se enfrente a un evento de impago, lo que mantendrá la confianza de los inversionistas a pesar de las reducciones en calificación de deuda.

Pero el futuro económico de Estados Unidos no provendrá de la dinámica internacional o de los indicadores, sino de las propuestas que los políticos pongan sobre la mesa. ¿Serán capaces de dejar a un lado la demagogia y enfrentar la realidad económica? Por lo pronto, la propuesta de Obama incluye recortes al gasto pero más en el terreno militar que en lo social, mientras que los republicanos quieren limitar el gasto social. Otra diferencia irreconciliable es en el tema de impuestos. El presidente, como todos los demócratas, quiere aumentar los impuestos a los deciles más acaudalados de la sociedad, algo a lo que los republicanos siempre se van a oponer. Para Obama reducir el déficit será difícil dado que “el gobierno necesitará un promedio de $500 mil millones de dólares para absorber los costos de los beneficios impositivos a la población”. De ahí la insistencia del secretario del Tesoro, Timothy Geithner, para ampliar el techo de endeudamiento, mientras que los republicanos, siempre cercanos a los intereses de las grandes corporaciones, el asunto de la reducción de impuestos no se debe tocar.

Pero el costo de la reforma sanitaria, en especial el impacto que implican los programas de salud Medicaid y Medicare, sí es un foco rojo. Recordemos que Obama buscaba la atención universal de salud. Pero estos programas, aún con las reducciones con que fueron aprobados, costarán según cálculos del senado un aproximado de $871 mil millones de dólares durante la siguiente década. Y se espera que el costo de la atención sanitaria llegue a representar 19.3% del PIB en 2019. Según detalla un análisis de HSBC, el elemento principal es el envejecimiento de la población, el fin de la era de los baby boomers y la creciente necesidad que tendrá el gobierno de recursos para sus programas de seguridad social. ¿Se estará incubando un nuevo estado bienestar (welfare) que en Europa ya ha demostrado su fracaso?

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