CHINA: PROBLEMAS A LA VISTA

El gigante se tambalea

CHINA: PROBLEMAS A LA VISTA

 [Por José Manuel Valiñas]

Dinero llama dinero

Pese a ser uno de los principales líderes de China, Deng Xiaoping fue acusado en 1968 de “capitalista”, por lo que fue enviado al exilio interior para su “reeducación”. En uno de los tantos episodios del frenesí de sangre que fue la Revolución Cultural, su hijo fue lanzado desde una ventana de la universidad de Pekín, acusado también de reaccionario, quedando parapléjico. Es muy posible que desde esa época Deng ya tuviera en mente lo que quería hacer de China si lograba tomar el control del poder. Inconfesable en su momento, su visión se empezó a hacer realidad en 1979, cuando, “rehabilitado”, alcanzó el control del partido y empezó a transformar a China con medidas de libre mercado.

Hoy, una generación después, gracias a esa valiente decisión su país se ha convertido en la segunda economía del planeta. En los últimos años nos hemos acostumbrado a que China sea uno de los principales motores del crecimiento de la economía global, y que parte de la bonanza del consumo (sin inflación) en occidente provenga de sus lejanas tierras. Pero existen indicios de que esa inercia puede estar a punto de detenerse.

Déficit comercial

Según el Fondo Monetario Internacional (FMI), el PIB de China superará al de Estados Unidos en 2016. El FMI asegura que la riqueza del país asiático se incrementará de $11.2 billones de dólares en 2011, a $19 billones en 2016. El PIB estadounidense, en esa fecha, alcanzaría los $18.8 billones, desde los actuales 15.2 (hace apenas una década, la economía de EU triplicaba a la china). No obstante, hoy esa nación enfrenta una fuerte problemática por el sobrecalentamiento de su economía.

Por lo pronto, China registró déficit comercial en el primer trimestre de 2011, y algunos especialistas se atreven a contradecir al FMI, diciendo que las proyecciones para China de ninguna manera se pueden dar por garantizadas. El déficit es coyuntural, sí, pero la costumbre que teníamos de ver a China siempre con un superávit, puede cambiar. En 2011 se estima una balanza favorable de entre $120 mil y $140 mil millones de dólares. Muy lejano de los $262,200 millones de dólares que tuvieron en 2007 (en 2008 fueron $295 mil, en 2009 $196 mil y en 2010 $183 mil millones). La tendencia es, pues, descendente.

Las implicaciones del cambio de la balanza de China tienen un rostro positivo y otro negativo. En este último se ubica el que, cuando empiecen a incorporarse al consumo más ciudadanos, es probable que “exporten” inflación al resto del mundo, porque sus productos dejarán de ser tan baratos. Sin embargo, también ofrece oportunidades para que otros países aumenten sustancialmente sus exportaciones al cada vez más demandante mercado chino. Como siempre sucede en economía, un hecho que es positivo para un aspecto, puede ser negativo para otro (la apreciación de la moneda de un país es positiva para las importaciones, por ejemplo, pero negativa para su sector exportador). Y el déficit ayuda a enfriar, al menos temporalmente, esa economía. El Banco de China ha impuesto medidas restrictivas, y las autoridades financieras limitaciones a las facilidades para otorgar créditos, con el objetivo de detener la inflación. También, las medidas para detener el crecimiento desmesurado han surtido efecto, pero no sabemos cuánto tiempo durará este intento.

Hoy en China intentan reducir la dependencia de las exportaciones, trabajando en el desarrollo de su mercado interno. Pero un mercado interno demasiado fuerte, demasiado rápido, también traería consecuencias inflacionarias.

Uno de los factores clave son los salarios de los trabajadores chinos. Durante mucho tiempo se dijo, en un tono despectivo que resultaba de mal gusto, pero que no estaba ausente de lógica, que China era la fábrica del mundo porque ahí la gente trabajaba 12 horas “por un plato de arroz”. Pues resulta que ese factor de la ingente fuerza laboral del país al parecer tiene fecha de caducidad. Un análisis del Wall Street Journal advierte que los salarios en toda la nación aumentarán 80% en los próximos cinco años, y agrega que “hay señales de que los bajos costos laborales y la divisa barata que catapultaron el superávit comercial de China con Estados Unidos están llegando a un punto de inflexión”. Ese solo cambio podría trastornar la ecuación financiera del mundo. “La inflación se ha contenido significativamente en EU, ya que aprovechaba la mano de obra de China y otros lugares a 20 o 30% del costo, pero los años de las reducciones drásticas en costos se han acabado”, dice el Boston Consulting Group.

“Divisas como armas”

En cuanto al yuan, el hoy caído en desgracia Dominique Strauss-Khan llegó a decir, refiriéndose a China, que algunos países “utilizaban sus divisas como si fuesen armas”. El desencuentro con EU sobre la devaluación artificial de esa moneda podría también tener un punto de inflexión, ya que ahora a China le interesa apreciar poco a poco el yuan para que sus importaciones se abaraten, igualmente tratando de luchar contra el alza de los precios.

Si China llegara a exportar inflación, después de haber exportado “deflación” durante mucho tiempo, y esto se suma al problema latente del déficit en EU y un recrudecimiento de la crisis europea, se encenderían los focos rojos en la economía global. Pero, al menos en un aspecto (la economía y su ambigüedad característica), el alza de los salarios en China y el vaticinado fin de “la fábrica del mundo” beneficiaría ampliamente a países exportadores con posición privilegiada ante EU, específicamente a México.

Finalmente no fue el comunismo el que transformó a China. La verdadera revolución, la que sacó de la pobreza a 500 millones de chinos, fue la que impulsó Deng Xiaoping con sus “desviaciones ideológicas” capitalistas. Pero la admirable China del progreso económico no es la única que existe. Hay otra faceta del país, la que procede del pasado, que ofrece una cara impresentable de autoritarismo y represión. Eso, también, algún día tendrá que cambiar, y es probable que se produzca con una chispa social de parte de los jóvenes exigiendo democracia, como ha sucedido en África del Norte y algunos países de Medio Oriente (incluso, cuando estas revoluciones populares surgieron, muchos se preguntaban: ¿seguirá China?).

Por el momento no parece ser el caso: el régimen se ha sostenido y las manifestaciones se han limitado a unas cuantas protestas. En parte porque los chinos parecen estar, dentro de todo, contentos con los niveles de avance que han alcanzado. ¿Y quién no estaría satisfecho, al menos a medias, en un país que pudo cuadruplicar su PIB tan sólo de 2000 a 2008? Y todo gracias a la visión de ese líder que, en los lejanos años 70, y después de vivir toda clase de vejaciones, decidió enfrentar al dogmatismo ambiente.

A partir de ahora, todo lo que haga China repercutirá en el resto del mundo. Lo que venga de ese coloso será un capítulo más en la historia económica del mundo, y no falta mucho tiempo para atestiguarlo, siendo, como lo hemos sido de tantos sucesos trascendentales, observadores privilegiados de la historia.

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