EL DINERO Y LA FELICIDAD

EL DINERO Y LA FELICIDAD

“El dinero no da la felicidad, pero procura una sensación tan parecida,

que se necesita un especialista para verificar la diferencia”.

Woody Allen

[Por Carlos Ponce]

A ojos externos, quienes nos desarrollamos profesionalmente es este medio podríamos parecer gente para quien el dinero es lo más importante. Sin embargo, una y otra vez quien esto redacta ha insistido que en el gremio existimos los que buscamos demostrar que nuestra actividad como asesores financieros resulta muy similar a la función de un médico. Éste ofrece salud física, mientras que nosotros proveemos bienestar económico. Sin duda lo primero es mucho más valioso que lo segundo, pero también hemos insistido en que, si somos capaces de atender y lograr un bienestar económico (patrimonial), entonces podemos atender mejor cosas mucho más importantes.

La paradoja de Easterlin

La idea de que tener dinero produce automáticamente felicidad ha sido una tesis muy discutida en el mundo desde hace mucho tiempo, principalmente por psicólogos y economistas.

Muchos validan la teoría de que el dinero no compra la felicidad a partir de la evidencia científica que en 1974 presentó Richard Easterlin (profesor de la Universidad del Sur de California, en Estados Unidos, y miembro de la Academia Nacional de Ciencias y Artes) al estudiar esta relación en diferentes países y concluir que, a partir de un cierto nivel de ingreso per cápita ($15 mil dólares anuales a valor actual) más dinero no aportaba más felicidad. Ese resultado se llamó la Paradoja de Easterlin. El descubrimiento tuvo consecuencias importantes:

1. Algunos psicólogos desarrollaron teorías económicas que utilizaban el concepto de renta relativa (“yo soy más feliz, no si mi renta sube en valor absoluto, sino si sube en relación a la de mis vecinos”).

2. La ONU creó un índice de desarrollo humano que incluye salud, mortalidad infantil o educación entre otras cosas para medir el progreso de las naciones en sustitución del PIB o la renta per cápita que utilizan los economistas.

3. Otros investigadores, como Xavier Sala-i-Marin, catedrático de la Universidad de Columbia, en Nueva York, insisten en que las conclusiones de Easterlin siempre fueron mal interpretadas y que nunca pudo probar que existía relación alguna entre renta y felicidad. Entre otras cosas, el problema es que su estudio no incluía casi a ningún país pobre.

El mismo Sala-i-Marin refiere una macro-encuesta reciente que la firma de investigación de mercados Gallup hizo en 130 países, incluidos muchos pobres. Además de instar a los entrevistados a evaluar su felicidad poniendo un número entre 1 y 10, se les preguntaba sobre aspectos relacionados con su bienestar, como cuántas veces habían reído, sonreído, se habían sentido tristes o deprimidos durante las últimas 24 horas, o si se sentían libres, amados o respetados. Los nuevos datos han sido analizados por Justin Wolfers y Betsey Stevenson, de la Universidad de Pennsylvania, y su estudio arroja resultados interesantes:

–La gente de los países ricos dice ser más feliz que la de los países pobres. La correlación, de un 80%, no se puede soslayar. Parece que la visión idílica de la pobreza que a veces hacemos es un espejismo que los pobres no comparten.

–A las personas que ganan 10 mil euros anuales también les produce felicidad un aumento en sus ingresos. De hecho, la relación entre felicidad y prosperidad no sólo no se detiene, sino que se acentúa a partir de los 15 mil dólares.

–Dentro de cada país, la gente rica es más feliz que la pobre.

–La felicidad de casi todos los países aumenta con el paso del tiempo. Hay excepciones como Bélgica, cuya felicidad ha decrecido (¿tendrá algo que ver ser la sede del gobierno europeo?) y Japón, donde la felicidad se estancó en 1990 a raíz de la profunda crisis económica que todavía no ha sido superada.

–En los países ricos hay más gente que dice haber reído o sonreído en las últimas 24 horas y hay menos gente que dice haber experimentado dolor, depresión, aburrimiento o enfado.

La paradoja no existe…

El estudio resaltó algunos aspectos curiosos. Por ejemplo, la felicidad de las mujeres ha decaído desde 1970. Parece que el importante progreso social de la mujer en ámbitos como la educación, el trabajo, el control de la reproducción o la creciente participación masculina en las tareas del hogar y la educación de los hijos no se ha plasmado en una mayor felicidad. Es más, la creciente insatisfacción femenina se da tanto en trabajadoras como en amas de casa, tanto en las casadas como en la solteras y separadas, tanto en las de altos niveles de educación como de bajos y tanto en jóvenes como en mayores.

Y finalmente, al parecer el nivel de ingresos no está correlacionado con el amor. El dinero puede comprar casi todo lo que genera felicidad, desde comida a educación, pasando por salud, libertad, cultura, viajes, sexo o matrimonio, pero no puede comprar el amor. Xavier Sala-i-Marin concluye que vistos los resultados del estudio, sin embargo, el amor sólo debe representar una pequeña parte del bienestar. De no ser así, no existiría esa relación tan fuerte entre dinero y felicidad.

Robert E. Lane, profesor emérito de ciencia política cita el análisis transnacional más minucioso que se ha llevado a cabo hasta ahora por Alex Inkeles y Larry Diamond, quienes encontraron en 1980 “un fuerte indicio de que la satisfacción personal aumenta con el nivel de desarrollo económico de un país”. Más aún, para la población de una nación considerada en su conjunto, el dinero sí compra la felicidad. No obstante, estudios comparativos dentro de una misma sociedad muestran una historia bastante distinta ya que, según estos autores, el dinero no compra la felicidad. En casi todos los países desarrollados, afirman, no existe una relación sustancial entre la renta y el bienestar.

En el que puede ser tal vez el mejor estudio de entre los numerosos análisis realizados sobre la calidad de vida dentro de un mismo país, Frank M. Andrews y Stephen B. Withey afirmaron en 1976 que “según la posición socioeconómica, las agrupaciones muestran diferencias mínimas desde el punto de vista del bienestar… y no hay diferencias significativas en cuanto a la satisfacción con la vida en su conjunto”. Dos años después, Jonathan Freedman presentó un estudio en Happy People en el que afirmaba: “No es cierto que los ricos sean más felices que aquellos cuyos ingresos son moderados; no existen motivos por los cuales la clase media sea más feliz que aquellos con ingresos menores. Para la mayoría de los estadounidenses el dinero, a pesar de todo aquello que puede facilitar, no da la felicidad. En cualquier caso, Freedman demostró que los pobres son diferentes: “muy pocos afirman ser felices o, al menos, moderadamente felices, y la gran mayoría dicen ser más infelices que la gente con ingresos más elevados”. Esta salvedad es crucial: entre los pobres el dinero sí da la felicidad y un mayor sentimiento de bienestar.

Dinero y preocupaciones

El respetado economista Tibor Scitovsky, en su libro The Joyless Economy, afirma que muchos de los placeres de la vida ni se compran ni se venden. Entre ellos están la satisfacción con el trabajo, la amistad, la meditación personal, la lectura y otras formas de esparcimiento no comercial.

Diferentes estudios tienden a dividir las fuentes de bienestar en dos categorías: circunstancias externas, tales como las actividades de tipo social o la vida familiar, y disposiciones internas, como la autoestima o el sentimiento de que uno es responsable de su propio destino. En cuanto a la primera categoría, una vida familiar satisfactoria es el elemento que contribuye en mayor medida al bienestar. Las alegrías que reporta la amistad ocupan la segunda posición. Además, y de acuerdo con un estudio realizado, el número de amigos que un individuo posee es mejor indicador de bienestar que la magnitud de sus ingresos. Un trabajo satisfactorio y los momentos de ocio ocupan normalmente la tercera y cuarta posición. Pero, por extraño que parezca, ninguno de estos dos factores está estrechamente relacionado con los ingresos (por otra parte, la afiliación religiosa, un buen gobierno o el patriotismo apenas interfieren en el sentimiento de bienestar).

Pero, entonces, si los ingresos y la satisfacción no están estrechamente relacionados, ¿por qué la gente se desvive por conseguirlos? Quizás el ser humano tenga un insaciable deseo por obtener la categoría social que el dinero puede proporcionar. La gente puede entonces adaptarse a las circunstancias de forma que cada incremento de ingresos cree rápidamente un nuevo modelo frente al cual medirse. A pesar de ello, hay pruebas que sugieren que el deseo de adquirir más dinero disminuye a medida que los ingresos aumentan.

Ahora bien, el bienestar tiene tanto que ver con el alivio del dolor como con el placer. Puede que incluso más, ya que las pérdidas duelen en mayor medida que lo que deleitan las ganancias, y el dolor se recuerda durante más tiempo. Están, por ejemplo, las preocupaciones: pareciera lógico pensar que afectan más a los pobres que a los ricos, pero no es así: estudios llevados a cabo por Andrews y Withey demostraron que en lo que se refiere al grado de preocupación “no existen diferencias asociadas a la posición socioeconómica”. Pero, tal y como reveló otro estudio, mientras que los pobres se preocupan por su salud e ingresos, y por todas aquellas cosas que no pueden controlar, los más ricos se preocupan más por las relaciones con sus cónyuges e hijos y por las facetas más fácilmente controlables de sus vidas. El dinero no reduce el grado de preocupación: lo que cambia es el motivo.

¿Qué valor le damos?

Algunas interpretaciones que la gente le da al dinero es que muchas veces se convierte en una adicción, aunque sea un medio y no un fin. Otros opinan que la expresión máxima del materialismo es el consumismo. Los más románticos insistirán siempre en que lo mejor de la vida no tiene precio. Un día soleado, una noche de luna, la primavera, los colores del otoño y el buen humor también son gratis, aunque eso no alcanza para sobrevivir.

En general se piensa que el dinero significa poder y que mucha gente lo necesita para sentirse superior. De igual modo, está extendida la creencia de que el dinero se convierte en muchos casos en el peor enemigo de quien lo tiene, dividiendo a su familia y creando envidias. La gente con recursos puede llegar a ser esclava de su fortuna, se dice, que a menudo conduce a la decadencia moral.

Quienes comparten las interpretaciones anteriores concluyen que no tener dinero es malo, pero tenerlo en demasía es peor. Lo cierto es que la forma en que nos relacionamos con el dinero determina nuestros valores. La importancia que tiene para nosotros expresa nuestra forma de ver el mundo.

Me quedo con Harvard

La prestigiada escuela de negocios de Harvard realizó también una investigación al respecto, en la que concluyó que “efectivamente, el dinero puede comprar la felicidad”. Sin embargo, la variable clave no es la cantidad de los recursos, sino la manera en que se gastan. En tres experimentos separados, los investigadores alcanzaron los mismos resultados: los más felices no eran los más ricos, sino aquellos que gastaban una mayor proporción de su riqueza en el bienestar de otros.

Desde esta perspectiva, una persona modesta que done una parte significativa de su ingreso puede obtener un mayor retorno de su inversión en felicidad que un magnate que gaste en otros una ínfima porción de su fortuna (aunque esta pequeña parte represente cientos de miles de dólares). De esta forma, la investigación parece introducir una democratización del dinero como factor generador de felicidad.

Para ser feliz, entonces, no es necesario ser un reconocido filántropo que figure en las portadas de revistas. Una donación de apenas cinco dólares puede ser suficiente. En definitiva, señalan los investigadores de Harvard, tenemos buenas razones para creer que el dinero puede comprar la felicidad. Sin embargo, ésta no llega a través de un automóvil último modelo o un televisor de plasma. La felicidad propia, al menos en estos experimentos, se encuentra vinculada con una actitud tendiente a favorecer el bienestar del prójimo. Personalmente, coincido más con la conclusión de esta reconocida universidad.

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3 pensamientos en “EL DINERO Y LA FELICIDAD

  1. Donar dinero te hace feliz? o porque eres feliz haces donaciones de dinero? El estudio de Harvard aclara ese punto? No vaya a ocurrir que estemos encontrando una buena asociación (correlaciones por arriba del 0.65), pero que no podamos ver la causalidad. Es como cuando dicen que quienes tienen más relaciones sexuales por semana, ganan más; pero no aclaran si es porque ganar más dinero hace que tengan más relaciones sexuales, o porque tener más relaciones sexuales hace ganen más dinero. ¿Qué es más fácil de explicar?

    • Hola José Antonio:
      Agradecemos tu reflexión al respecto de este tema. Finalmente, hay muchas maneras de abordarlo y todas las preguntas retóricas son válidas.
      ¡Saludos!
      Equipo Inversionista

  2. Me quedo con Harvard;es la mas acertada de todas,el resto es gasto de tiempo y dinero en hacer esos estudios que no conducen a nada,harvard simplifica la realidad

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