LA CRISIS EUROPEA

¿Cómo nos afectará?

LA CRISIS EUROPEA

[Por Roberto Aguilar y Georgina Ruíz]

Hoy las condiciones en el viejo continente resultan preocupantes y las perspectivas lucen amenazadoras. Por un lado se encuentran países (muy pocos) como Alemania y Francia, cuyo crecimiento y fortaleza son innegables, y por el otro está aquel grupo de naciones que, con el único objetivo de ser parte de la unión, tomaron medidas desesperadas para alcanzar los estándares de la región. Este segundo grupo de países acabó por incurrir en desórdenes fiscales, llegando a inaceptables déficits para mantener sus aparatos de estado bienestar (welfare).

En los primeros días de abril, y tras 40 años de no hacerlo, el Banco Central Europeo inició de manera formal el proceso de revés de la política monetaria, incrementando las tasas en 25 puntos base. Como resultado, el euro se posicionó nuevamente por encima de la línea de $1.40 dólares, y así apareció un nuevo factor adverso para los integrantes pequeños y debilitados de la UE. Sin embargo, algunos aseguran que la medida no es errada: que es preferible una economía con estanflación que una zona donde las expectativas de precios se eleven velozmente y promuevan una mayor presión en los mercados de deuda.

Rescates financieros

Después de las fuertes presiones que enfrentó Grecia por sus problemas de salud fiscal, la UE y el Fondo Monetario Internacional (FMI) aprobaron en mayo de 2010 el Fondo de Estabilidad Financiera, cuyos recursos sumarían cerca de $500 mil millones de euros. El primer país en aprovechar esta facilidad fue precisamente Grecia, que tomó $110 mil millones de euros, pagaderos en 7.5 años a una tasa de 4%. Pero con el cambio de gobierno en 2009 las cosas comenzaron a empeorar para los griegos. La presión aumentó luego de que George Papaconstantinou, ministro de Finanzas, estimara que el déficit fiscal del país como proporción de su PIB se ubicaría en 12.7%. Las condiciones se agravaron ante las bajas de calificación, el alza galopante de las tasas en el mercado de dinero y los dimes y diretes entre funcionarios. El orden pareció llegar con un drástico programa, consistente en un ajuste al gasto gubernamental.

El segundo país en caer en desgracia fue Irlanda, que recurrió a una línea de crédito por $85 mil millones de euros ($112,530 millones de dólares), al verse asediado ante un sistema financiero que hasta hoy no termina de sanear.

Portugal será el tercer país en demandar recursos. Pero a inicios de abril Standard & Poor’s volvió a bajar la calificación de sus bonos, llevándolos casi a niveles de chatarra. La deuda lusa ya se pagaba por encima de 8.5% en esos días, y se especulaba hasta dónde podría llegar. Mientras el banco central revisaba a la baja sus previsiones (con una recesión de -1.4% y una inflación de 3.6%), el primer ministro José Sócrates tuvo que renunciar en marzo ante el desacuerdo con el Parlamento en la aplicación de las medidas de recortes en el gasto público, mientras las protestas callejeras se acentuaban en ese país y en otros como Grecia, España, Italia y la misma Inglaterra, que aplicaba su propio plan de austeridad.

Ante este escenario, ¿por qué rescatar a un pequeño país como Portugal? La respuesta es sencilla: las naciones europeas son muy dependientes entre sí. Para corroborarlo basta un vistazo a las cifras publicadas por el Banco Internacional de Pagos a propósito de las obligaciones de la banca europea en la región. Si tomamos la muestra de los llamados PIIGS (Portugal, Italia, Irlanda, Grecia y España), las cosas se ven un tanto aterradoras. La exposición de la banca de estos países en relación con el resto de sus pares en la región promediaba a finales de 2010 casi 70% de las obligaciones totales emitidas. O sea, esos cinco países concentran una inmensa parte de la deuda de toda la zona, y las 22 naciones restantes se verían dramáticamente afectadas si cayeran en default. Simplemente, Portugal concentra gran parte de la deuda de los bancos españoles, que enfrentarían severos problemas si el país lusitano dejara de pagar.

Pero la situación se hubiera complicado aún más si el BCE no toma la decisión de rescatar a los PIIGS. El contagio más peligroso podría presentarse en España o Italia, ambos con condiciones muy frágiles y con un grado de endeudamiento tal, que ni el propio rescate podría ser suficiente.

El proceso se veía particularmente difícil para España, ante todo por su problema de debilidad en el sector inmobiliario y sus altos índices de desempleo. El presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, anunció por esos días que no será candidato para reelegirse, como respuesta al índice de aprobación históricamente bajo al que ha llegado.

Fue entonces cuando Paul Krugman, el célebre analista de mercados del New York Times y Premio Nobel de Economía, recomendó una salida radical para España: “dejar la zona del euro y restablecer su propia moneda” (aunque después matizó que “esto no sería posible”).

Las autoridades españolas iniciaron un cambio necesario, abordando fuertes medidas de austeridad. Hoy parecen estarse separando del grupo de los PIIGS al enfrentar un menor castigo en las tasas y en sus títulos de deuda, pero deben lograr que los inversionistas extranjeros vuelvan a confiar en el país.

Suben las tasas

Aún así, el BCE subió la tasa de referencia. Y no sólo eso. También envío un mensaje claro: no subsidiar más las irresponsabilidades de los gobiernos con altos déficits fiscales. Menos aún si se parte de que las presiones de precios se verían exacerbadas de prolongarse las revueltas en África del Norte y el Medio Oriente.

Gavyn Davies, economista y colaborador del diario británico Financial Times, señala dos riesgos que volverían incorrecta la estrategia del BCE. El primero es el de un shock del precio del petróleo. “Ya estamos viendo el impacto que tienen los mayores costos de energía en el consumo, y el aumento de las tasas de interés podría dejar a los hogares europeos en una situación de déficit”, alae argumenta a su oblicaside en que el gobierno español logre que sus cajas sean mpeorar para los griegos.ñade Davies.

Por supuesto, no hay caminos fáciles para el banco central, cuyo argumento es que su mandato le obliga a alcanzar la meta de inflación, sin importar las consecuencias para el crecimiento del PIB. Pero, según destaca el especialista, no puede esperar elogios si empuja a la economía hacia una recesión.

Para los inversionistas, el mejor antídoto es diversificar portafolios, no sólo en instrumentos sino también a nivel geográfico. Tratándose de renta variable, no hay que medir a todos los países de Europa con el mismo rasero. Aquellos que no presenten problemas de insolvencia, como Alemania, no deben faltar en los portafolios, porque finalmente, aunque en un primer momento sus mercados resulten contagiados por los demás países, serán los primeros en recuperarse y otorgar buenos beneficios a los tenedores.

En el largo plazo también convendría entrar en otros países con condiciones menos favorables, ahora que están baratos.

Si llegara a haber salida de capitales de Europa, los grandes inversionistas buscarían otros mercados, como Estados Unidos y los países emergentes, lo que implicaría problemas de revaluación excesiva para las tasas de esos países receptores y probables “burbujas” en los rendimientos en algunos de sus mercados. El antídoto sería seleccionar minuciosamente los sectores, mercados e instrumentos, para evitar volatilidad excesiva.

El peor escenario

Para algunos analistas internacionales, la crisis europea podría golpear fuertemente el mundo y volver a sumirlo en una recesión. El prestigioso economista Robert Samuelson advirtió sobre un “desastre inminente” y culpa a los aparatosos estados bienestar que se financiaron con excesiva deuda en el pasado inmediato, además de los perniciosos efectos secundarios de la moneda única. “El papel del euro es especialmente irónico –apunta Samuelson–. Se suponía que iba a promover la prosperidad y la unidad política pero, después de un tiempo, las bajas tasas de interés en Grecia, España e Irlanda alentaron periodos de expansión insostenibles o burbujas inmobiliarias que, al estallar, agravaron sus recesiones y su déficit presupuestario. La unidad se ha convertido ahora en discordia”.

El problema es el peso de la deuda, incluso en países como Alemania y Francia, pero sobre todo en algunos como Italia (131% de su PIB). Samuelson se pregunta hasta dónde llegará la tolerancia al riesgo de los tenedores institucionales y soberanos, que pueden retirar sus inversiones europeas en un momento dado. Alemania y Francia son considerados destinos seguros para las inversiones, sí, pero “la percepción puede disolverse en un abrir y cerrar de ojos”. “Si los mercados pierden la fe en países como Italia o Bélgica –indica el especialista–, incluso el más robusto rescate financiero podría no ser suficiente. Todo el entramado se resume en deudores debiendo a deudores, y la zona podría colapsarse si los inversionistas concluyen que no hay confianza en Europa, dejan sus bonos y demandan tasas cada vez más altas”. ¿Hasta dónde se podría llegar en un escenario así?, se pregunta Samuelson. ¿Hasta un rescate gigantesco organizado por el FMI y con China siendo llamada para salvar al viejo continente?

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