LECCIONES DESDE JAPÓN

LECCIONES DESDE JAPÓN

Dinero llama dinero

 [Por José Manuel Valiñas]

Pocos, antes del 11 de marzo, hubieran pensado en Japón como un país altamente vulnerable. Su Producto Interno Bruto es monumental, de más de $5 billones de dólares, con un envidiable PIB per cápita de $48 mil dólares al año. Pero su debilidad se hizo evidente después de esa fatídica fecha. El mundo se enteró no sólo de los alcances de una tragedia provocada por un sismo, sino de lo que un problema de endeudamiento público puede ocasionar. Si la historia debe de servirnos para no cometer los errores del pasado, aquí hay muchas lecciones que aprender.

Japón es uno de los países más endeudados del mundo. Debe el 225% de todo lo que produce en un año. En comparación, Grecia debe 130% de su PIB, Irlanda 118%, Estados Unidos 92% (un grave riesgo para el mundo, por el tamaño de su economía), Francia 84% y Alemania 75%.

Ya se vio en Europa cómo ni siquiera los países opulentos se pueden salvar a sí mismos si cargan con el lastre de una deuda excesiva. En Grecia el aparato público, artificialmente engordado, vivía a expensas del erario, y se llegó al exceso de que algunos burócratas se podían jubilar a los 50 años (al final los industriosos alemanes los tuvieron que rescatar).

Todos esos desequilibrios tienen un mismo origen: las políticas populistas de corto plazo, y los partidos que tratan de ganar elecciones gastando de más, para no enojar a nadie. El desequilibrio europeo puso en riesgo la recuperación mundial. Pero, cuando empezábamos a dejar atrás esa nueva crisis, debimos voltear a ver a Japón que, aparte de enfrentar un desastre de proporciones bíblicas, carga con una deuda descomunal.

Sin espacio de maniobra

Apenas empezaron a conocerse los primeros efectos del terremoto y el tsunami en Japón, amén de los peligros de la radioactividad, muchas voces advirtieron del grave riesgo que enfrentan los países altamente endeudados en caso de sufrir catástrofes naturales o sociales (terrorismo). Jeanne Sahadi escribió para CNNMoney un artículo contundente con el título “La deuda no deja espacio para lidiar con desastres”. Recuerda en él que el déficit estadounidense es histórico, y sus consecuencias futuras son impredecibles, pero nadie quiere hacer nada al respecto, por evitar las medidas impopulares.

La autora arroja un dato estremecedor: si los representantes siguen peleando entre sí y bloqueando toda iniciativa (algo que nos suena familiar aquí en México), para 2020, de cada dólar que ingrese a las arcas del Tío Sam, se tendrán que destinar 92 centavos para pagar la seguridad social y los intereses de la deuda. ¿Se ve un futuro promisorio ante este panorama?

Japón no está lejos de ese escenario. Si el país, antes del terremoto, debía dos años de su producción total, poco se puede esperar después de un desastre que le puede costar hasta el 7% de su PIB.

La cultura japonesa es admirable en su voluntad de salir adelante. A mediados de marzo, mientras en Europa hablaban de “Apocalipsis”, en Japón mismo ya planeaban la reconstrucción, evocando la que tuvieron que hacer después de la guerra. Muchos nipones piensan que lo que les sucedió es parte de su destino, que siempre les manda retos cada vez más difíciles para que se mantengan a la altura de cualquier circunstancia. Pero más les valía haber estado preparados, sin un pasivo más allá de sus posibilidades.

Las barbas a remojar

En los días posteriores al tsunami, un reporte de Steen Jakobsen, economista en jefe de Saxo Bank, advertía de una mayor inyección de “dinero fácil” en Estados Unidos, por parte de la Fed, “con la excusa de Japón”. Los acontecimientos “se traducirán en mayor liquidez para el sector público”, apunta, manteniendo bajas las tasas. Pero “el costo que tendremos que pagar por adaptarnos a una economía basada en la impresión de dinero es muy elevado”, indica, y llegará el día en que “la gravedad de la insolvencia ya no se pueda compensar con los beneficios a corto plazo que ofrecen las tasas bajas”.

Pero, escribe Jakobsen, “el daño verdadero ocurrirá a nivel político”. Recuerda que se aproximan grandes cambios con las elecciones en muchos países, y que “los votantes comienzan a darse cuenta que el mensaje de que todo va bien, que los políticos y legisladores llevan tiempo emitiendo es, en el mejor de los casos, engañoso”. El mayor peligro es “la ausencia de voluntad a la hora de luchar con una insolvencia de facto”. Saxo Bank no es optimista, pues observa el umbral de una crisis, algo que, “irónicamente” sería positivo, pues, según sus palabras, “es la única manera que tenemos de cambiar el comportamiento de los políticos y legisladores”.

Por su parte, Monty Guild, presidente del fondo de inversión global Guild Investment Management, observa que los estímulos monetarios y la impresión de dinero corren el peligro de convertirse “en un modo de vida para todo el mundo industrializado, lo que llevará a una mayor inflación”.

Lo que parece ser un hecho es que el país del sol naciente tendrá que vender parte de sus inversiones en bonos del gobierno estadounidense para financiar su reconstrucción. Peter Hadfield, quien en 1991 escribió un libro (Sixty Seconds That Will Change the World) sobre las consecuencias que tendría un terremoto devastador en el área de Tokio, afirma que esa venta masiva de bonos del Tesoro resultará en la caída de los títulos y en un aumento de tasas. Mantiene sus predicciones de aquel entonces, de que el impacto será peor en otros países que en Japón mismo, con la única diferencia de “la posición fiscal del gobierno, sumido en deudas”, dado que le costará mucho costear las inyecciones para estabilizar los mercados y la reconstrucción misma. Este autor prevé un aumento del yen por la repatriación de capitales, seguido de una nueva recesión en ese país, pero, sostiene, en el lapso de un año “el esfuerzo de la reconstrucción generará un crecimiento fuerte del PIB”.

¿Cómo nos afectarán estos escenarios? La volatilidad continuará, el precio del petróleo al parecer seguirá subiendo (igual que el de los metales y las materias primas). Deberemos vigilar muy de cerca nuestras inversiones con una estrategia defensiva para lo que resta del año y, quizá, hasta principios del 2012. Y cuidar muy de cerca lo que hacen nuestros políticos, a nivel local.

El nivel de endeudamiento de México se sitúa en un muy manejable 45%, con apenas un 0.5% de déficit con respecto al PIB (gracias a que así lo establece la ley que fue diseñada precisamente para limitar los instintos de endeudamiento de los políticos). Ningún político debería llegar a plantear cambios en materia de déficit. Debemos verificar bien a los candidatos por los que votaremos en los próximos meses, y denunciar sus “soluciones fáciles”. Si algo nos ha ayudado en el contexto de la pasada crisis europea de deuda, en el de la inflación que hoy se vive en muchos países (menos en el nuestro), y en el de los derrumbes bursátiles tras los desastres en Japón, son nuestros fundamentales macro. Así nos debemos mantener.

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