LA VERDADERA RIQUEZA

Lo que debemos transmitir a los niños

LA VERDADERA RIQUEZA

[Por Joan Lanzagorta]

Mis padres siempre me inculcaron que una buena educación era lo más importante, y que en ella no había que escatimar en gastos. Por eso, cuando mi hija cumplió la edad para comenzar su educación académica, con muchos esfuerzos la inscribí en una de las escuelas más caras de la ciudad. La colegiatura de maternal en aquel entonces representaba casi 35% de mi ingreso mensual.

Todavía recuerdo cuando hice números y me di cuenta que a pesar de que tendríamos un flujo de efectivo negativo en algunos meses, esto se compensaría con los bonos trimestrales que en aquel tiempo me pagaba la empresa en la que trabajaba (no contemplé la posibilidad de no ganar alguno de ellos, lo cual evidentemente es un error).

La escuela en cuestión realmente tenía un gran nivel académico. Desde ese punto de vista, era perfecta. Pero había muchas situaciones alrededor que hicieron que esta elección fuera equivocada. Para empezar, todas las fiestas infantiles eran en salones de lujo, o bien en jardines de casas enormes, con meseros, juegos inflables y puestos de comida tipo kermesse. En las fiestas infantiles difícilmente había papás: la gran mayoría de los niños iban acompañados de su nana y escoltados por su chofer o incluso por sus guardaespaldas.

Las reuniones de los padres de familia eran de cooperación, y eran cantidades altas, porque se pedía catering a algún hotel reconocido. Y por lo menos dos veces por semestre las mamás del grupo se iban a desayunar a restaurantes de moda, en donde los temas de conversación eran la “inutilidad” de los maridos, o la terrible renuncia de algún miembro de la servidumbre. Mi esposa y yo siempre buscábamos la forma de estar presentes, aun con los estragos que esto hacía en nuestro presupuesto en aquel entonces, hace más de 10 años, cuando apenas empezábamos a formar nuestro patrimonio.

La verdadera educación

Para aquellos que piensen que estoy exagerando, puedo asegurarles que no es así. En una ocasión, mi hija quiso invitar a un amiguito a la casa, lo cual sucedió a principios de enero. Ellos iban platicando de la escuela al automóvil, acerca de qué era lo que habían recibido en Navidad. El niño de cuatro años comentó que había recibido un Playstation 2 con cinco juegos diferentes (en ese entonces aún no existía en México e incluso era difícil de conseguir en Estados Unidos), además de una televisión, un perro y un montón de ropa de ciertas marcas que comenzó a mencionar. Sobra decir que era mucho más que lo que había recibido mi hija.

Al llegar al coche, el niño preguntó: ¿qué auto es éste? Mi papá tiene un BMW y mi mamá tiene una camioneta Volvo, pero este no sé cuál es. Mi esposa manejaba, en aquél entonces, un Dart 1982 (de esos que eran enormes, como lanchas, de ocho cilindros) que nos había prestado mi madre, herencia de mi abuelo. Un coche que en ese momento tenía ya más de 10 años de uso.

Vivíamos en un pequeño departamento de menos de 70 metros cuadrados. Para que no se dieran cuenta de las diferencias entre nuestras condiciones de vida, decidimos llevarlos de la escuela a un restaurante de hamburguesas con juegos infantiles, para que se divirtieran, y luego nosotros llevamos al niño a su casa.

Es impresionante que uno se avergüence de lo que tiene, o peor aún, de lo que no tiene. Nunca fue la intención, pero fue en realidad lo que hicimos. Eso es lo que pueden sentir unos padres en un ambiente como el que había en ese colegio, en donde muchos niños son educados con plena conciencia de las marcas y de lo material, antes que con valores humanos.

Mi hija constantemente nos preguntaba por qué no tenía una nana que estuviera con ella, como sus demás compañeros. Le parecía extraño que su mamá estuviera a su lado todo el tiempo. En una ocasión, me cuestionó algo que me partió el corazón, pero que me hizo reflexionar profundamente. Llegó llorando de la escuela y exclamó: “Papá, ¿somos pobres?”. Le contesté: “Hija, claro que no, ¿pero por qué dices eso? Con lágrimas en los ojos, me respondió: “Es que en la escuela todos mis amigos se burlan de mí porque no tengo lo que ellos tienen”.

Le traté de explicar que, por el contrario, no le faltaba nada: tenía casa, escuela, juguetes, todo lo que una niña como ella podría necesitar. Le dije que en realidad ella era más rica, porque además de tener todo eso, tenía muchas cosas que sus compañeros no: a su mamá con ella todo el tiempo, que le preparaba su comida y jugaba con ella, que tenía a sus dos padres juntos y un ambiente de armonía en casa, y que en pocas palabras éramos felices.

Ella no parecía entender. No tenía nana, no tenía chofer. No podía tener una fiesta como la de sus amigos, y su casa era muchísimo más modesta. No tenía lo que veía “normal” en sus compañeros. Era claro que mi hija, a su muy corta edad, ya vivía una contradicción. Ella estaba en un ambiente que claramente enfatizaba valores distintos a los nuestros, y que la confundía seriamente.

Esto no quiere decir que todas las escuelas caras infundan sólo valores materiales, ni mucho menos, pero al menos en nuestro caso así fue, y muy marcado. Por eso debemos de buscar una escuela para nuestros niños que vaya acorde con el tipo de objetivos que buscamos para ellos.

Una vida valiosa

Al terminar el año escolar la inscribimos en una escuela distinta, también de mucha calidad educativa, pero con un tipo de gente diferente: con una escala de valores más cercana a la que nosotros le queríamos inculcar a nuestra pequeña.

Toda esta historia es verdadera, y la comparto con ustedes porque nos deja muchas cosas en qué pensar y una gran enseñanza. Desafortunadamente, ésta es la forma en como mucha gente vive su vida y, por lo tanto, su relación con el dinero. Se dejan llevar por lo que hacen los demás. No tienen objetivos en la vida o, si los tienen, estos se contraponen totalmente con sus verdaderos valores. Por eso fracasan.

El dinero siempre debe ser un medio que nos ayude a lograr lo que verdaderamente queremos en la vida. Las posesiones materiales deben ser también medios que nos ayuden a vivir mejor, jamás peor. Muchas personas no entienden esto: se endeudan para conseguir bienes de consumo, no de inversión, lo que a la larga les puede crear un problema enorme.

Como siempre he tratado de transmitir en lo que escribo, en las pláticas que doy y en las asesorías personales que la gente me pide, un plan financiero se construye alrededor de nuestros valores: con metas que estén verdaderamente alineadas a ellos. Por ejemplo, tener un retiro cómodo y garantizar la educación de nuestros hijos, entre otras. Si la cultura forma parte de nuestros valores, un objetivo puede ser tener la oportunidad de viajar al extranjero cada cierto tiempo. Eso es lo que verdaderamente nos importa, y por lo tanto debemos enfocarnos en lograrlo.

Obviamente tenemos que cuantificar esas metas en pesos y centavos: cuánto nos cuestan, cuánto tenemos que reunir para lograrlas y construir todo un plan de ahorro e inversión en torno a ellas. Para eso sirve la planeación financiera personal. Pero todo parte de nosotros mismos, de tener muy claro lo que verdaderamente nos importa, y no del simple deseo de tener más que el otro. Esto es lo que nos permite tener una vida valiosa.

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4 pensamientos en “LA VERDADERA RIQUEZA

  1. excelente recomendación despues de haberlo vivido, las prioridades son muy diferentes, mientras que para unos son las cosas materiales como medio para manterneles ocupados, las respuesta de estos niños en el tiempo son de amargura e insatisfacción, todo se traduce en darles objetos de ultima generación a cambio de que no les molesten e interfieran en sus grandes vidas ya que para ellos el tiempo es muy valioso, muy lamentable pero son gustos que algunos se pueden dar a cambio de vidas vacias.

    • Muchas gracias por compartirnos tu punto de vista, Héctor. Para nosotros es un placer saber que disfrutas de nuestros textos y esperamos seguir ofreciéndote buenas ideas.
      ¡Saludos!
      Equipo Inversionista

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